EXNOVIA

Mi exnovia era maravillosa. Culta, amable, sensible, cariñosa, generosa, buena conversadora. Pasaba de Britten a Gershwin sin despeinarse, hacia chistes del Circulo de Viena, se ponía seria disertando sobre la escuela Keynesiana, cantaba rancheras como ninguna y me hacia unas cositas en la cama de las que aún conservo como regalo una eterna sonrisa bobalicona.

Un triste día, ya acostados, me dijo:

- Cielo, ya llevamos casi 10 meses juntos. Quiero que conozcas a mis padres.

- Claro cariño, será un placer, cuando tú quieras.

- Mis padres son algo…peculiares ¿sabes? Mi mamá…

- Nena, tienen una hija como tú, no pueden ser normales, ni tu papá ni tu mamá

- Nene, por nada del mundo, por nada, ni aunque aparezca de los abismos infernales una lamia y te mordisqueé los huevos, le digas a mi madre mamá. ¿Vale?

- Vale…- Le dije aparentando normalidad, apagamos la luz y nos quedamos dormidos.

Al fin de semana siguiente, a mediodía, llegamos a casa de sus padres. Llamamos al timbre y abrió su madre. Una señora vestida y maquillada como para recoger los Oscar. Para la perfección absoluta sólo le faltaba un post-it en la frente que pusiera “recién pintada”.

- ¡Ooooh mi niña! ¡Ven aquí princesita mía!

- Mami, quiero presentarte a Jose, mi novio – Dijo mi nena señalándome con orgullo.

- Claro preciosa, ¿Y dónde está? – Dijo su madre mirando a través de mí.

- Mamá…es este…

- ¿Este? Pero si tiene la elegancia de un lactobacilo…¿Sabe leer y escribir?

- Mamá, es abogado

- ¿Abogado? Joder con la universidad pública…pensaba que sólo becaban a los pobres con buen aspecto.

- Eeeh…señora…encantado de conocerla, tiene usted una hija maravillosa- Dije intentado zanjar el asunto.

- Sí que la tengo. Mira Pepe…

- Jose…

- Mira…tú, estamos a punto de sentarnos a comer. Puedes tumbarte mientras en la manta del perro. Luego a los postres mi hijo te traerá una escudilla con sopa fría.

- ¡Mamá! ¡Ya está bien!- Gritó mi ex.

- Vale nena, sólo bromeaba…pasad- Dijo su madre dando arcadas mientras me miraba.

Entramos a su casa. En el pasillo, quieto, con las piernas abiertas y mirando al techo, había un ser humano en calzoncillos, con patas de pollos enredadas en la cabeza.

- ¡Hombre, tu debes ser el novio! Perdona mi aspecto, no me ha dado tiempo a vestirme. Estaba con mi tratamiento capilar.- Me dijo riéndose.

- Me alegro de conocerlo señor. Algún día tiene que darme ese remedio para el pelo- Dije intentando ser amable.

- No.

- ¿Qué?

- No. Es secreto, no te lo daré.

- Eh…vale…no es necesario, lo decía por…

- ¿Tú eres el que se cepilla a mi hijita?- Dijo interrumpiéndome.

- Eh…bueno…

- ¿No te la cepillas?

- Verá, señor…

- ¿Eres maricón?

- ¡No! no…

- ¿No eres maricón y no te las cepillas? ¿Ya la estás engañando con otras? ¿No puedes esperarte a estar casado como todo el mundo?

- No, no me he explicado bien… – Dije tartamudeando.

- Claro que si chaval, te has explicado perfectamente, has dicho que tu pistolita no dispara en la dirección adecuada.- Y se quedó otra vez mirando al techo. Me disponía a seguir diciendo monosílabos sin sentido cuando una mole de al menos dos metros quince se alzó por encima de las patas de pollo de mi exsuegro, dejándome extasiado.

- ¡Cariñín!- Dijo mi cielo- ¡Este es mi hermanito!

Su hermanito era un autobús de dos plantas, con más pelo en el cuerpo que una oveja merina y una camiseta seis tallas más pequeña que ponía “Yo también como carne humana”.  Gruñó un sonido escalofriante, parecido a:

- ¿Te gusta Iron Maiden?

- Eeeeeh, sí- afirmé babeando ante semejante visión apocalíptica.

- Toma, te lo regalo- dijo el prehumano, dándome un cedé donde, escrito con su propia sangre, ponía “El número de la bestia”. Escuché un sonido desagradable y al levantar la mirada el armario de tres puertas, ilógicamente enlazado con mi amorcito en segundo grado de consaguinidad, estaba comiéndose un cedé auténtico de los Iron Maiden. Justo cuando iba a mearme encima mi media naranja gritó:

- ¡Cariño! ¡Sorpresa!

- Uuuh- Acerté a pronunciar.

- ¡El viaje a Venecia! ¡El que vamos a hacer tú yo este verano! ¡Mamá se apunta con nosotros! ¿A qué es fantástico?

- ¿Mamá?- Se me ocurrió decir.

Entonces se detuvo el tiempo, se paro el reloj del salón, estallaron las copas de la mesa sin motivo aparente, desapareció del pasillo la enorme bola peluda, se le cayeron a mi exsuegro las patas de pollo de la cabeza y mi amorcito se puso blanca. Su madre adquirió ante mis espantados ojos la dulzura de un zombie. Se acercó caminando como una hiena y, a dos centímetros de mi cara, llenándome las gafas de gotitas de saliva, clavó en mis oídos, con una voz que haría parecer eunuco a Tom Waits, una pregunta simple y envenenada:

- ¿Me has llamado mamá?

Mi sistema nervioso no aguantó más. Di un grito horripilante y salté por la ventana del salón haciendo añicos los cristales. Por suerte era un primero. Reboté en el toldo de la frutería de abajo y caí en las cajas de verduras. Salí huyendo con dos pepinos metidos en los pantalones y algunos rasguños. Corrí hasta gastar los zapatos, tiré el móvil a un río. Cambié de trabajo. Cambié de ciudad. No he vuelto a saber nada de ella.  Ahora cuando una nena me gusta lo primero que le pregunto es: ¿Eres huérfana?

LOVE VIGILANTES

El día que me gané la vuelta a casa fue un día muy extraño. Veníamos de inspeccionar la carretera que une Qala-i-Nao y Sang-Atesh. Éramos los primeros de un convoy de más de veinte vehículos. Nadie quería ir el primero, ni nadie el último, pero alguien tenía que hacerlo. Ese día me tocó a mí. Todavía faltaba más de una hora para que el sol se pusiera. No habíamos tenido ningún incidente y los del ejército nacional habían hecho bien sus deberes. Bromeaba con Luis, el conductor, acerca de qué mierda nos estaría esperando para comer. Luis tenía la teoría de que si nos comíamos todo lo que ponían en la base se nos acabaría cayendo la polla, de modo que le gustaba trapichear con los afganos y los italianos cualquier cosa comestible. Nos reíamos mucho con eso.

Subíamos una suave pendiente después de una curva cerrada que daba paso a una larga recta. La visibilidad era buena. Roberto, el más veterano del grupo, iba sentado atrás, con un solo auricular en su oído derecho escuchaba música mascando chicle. ¿Qué estás oyendo ahora, Ro?- Le pregunté. Escucho a los New Order, tío. Love vigilantes, una canción de puta madre- Me dijo. Sí, es muy buena Ro, pero tiene una letra muy triste- Le respondí. Yo no sé inglés tío, me importa una mierda la letra- Dijo y nos reímos todos. Alfredo, al lado de Roberto, repetía en voz baja el único pensamiento que lo mantenía animado en este jodido desierto, una y otra vez, como una letanía: “Sólo dos meses, sólo dos meses”. Luis se volvió para decirle algo. Entonces sucedió.

La carretera voló por los aires unos diez metros delante de nosotros. El estruendo me dejó sordo durante unos segundos. Después oí el silbido de las balas, rozándonos, los golpes secos de los proyectiles en la chapa del blindado y los cascotes de asfalto cayendo alrededor. Alfredo tiraba de mi brazo para sacarme del asiento, rodé y caí a la carretera. Luis estaba sin vida, echado sobre el volante. Nos parapetamos detrás del blindado, no estábamos muy lejos de la base, se supone que los helicópteros de los italianos no tardarían en llegar si alguien podía avisarlos. El blindado que venía siguiéndonos estaba en llamas, le habían dado de lleno, no creo que nadie saliera de él. El humo me impedía ver más allá, no se qué suerte correrían los otros. Luego escuché los silbidos de las granadas, y esas sí que cayeron cerca…tan cerca que las vi. Explosión. Fundido a negro.

El día que regresé a mi casa las cosas no salieron como yo esperaba. Me detuve a unos metros de la puerta, en la otra acera. Desde el ataque en Afganistán tenía problemas de memoria. Sé que estuve en tinieblas mucho tiempo. Sé que mis compañeros murieron. Sé que oí voces, que estuve muy grave, crítico, qué dijeron de enviarme a España. Sé que volé hasta Málaga, hasta mi casa. Y sé que haciendo un inmenso esfuerzo no recuerdo mucho más de todo aquello, que se ha quedado en mi interior como una lejana y confusa nube de Oort.

Empezaba a anochecer. Crucé la calle y llamé. La puerta estaba abierta. Pensé en una fiesta sorpresa, en una cálida bienvenida, pero nadie me esperaba. No estaban mis hijos, ni mis padres. No estaban mis hermanos, ni mis amigos. Entré hasta el dormitorio y vi a mi mujer tumbada en la cama, durmiendo, con los ojos hinchados y húmedos de llorar. En la mesita había un frasco de Diazepan, una botella de agua y pañuelos de papel. Entre los pañuelos, arrugada pero legible, había una carta de Defensa. Decía que yo era un buen soldado, un hombre valiente, que había ayudado a realizar una labor humanitaria. También decía que había sido condecorado, y que estaba muerto.

RETRATO

Ya estaba acabado, al fin. Había preparado laboriosamente la madera, enluciéndola varias veces con creta y cola. Sobre el débil esbozo a carbón, sellado con barniz, aplicó el óleo en esfumato, diluido en aceite esencial, lentamente, eligiendo con cuidado los colores y sus tonos, difuminando los perfiles, imprimiéndole al motivo una atmósfera mágica, azulando el paisaje y desdibujando con paciencia las figuras lejanas, hasta perderlas en el horizonte, como si pudiera pintarse el aire, como si pudiera atraparlo y dejarlo allí, para siempre, quieto, como el aliento contenido de los amantes cuando se miran de cerca sin necesidad de hablarse. Ocre quemado en las sombras, amarillo en los pómulos y bermellón en blanco de plomo para todo su rostro.

Los dos planos estaban definidos y envueltos en una luz sombría que jugaba con su pelo, se introducía en las transparencias de su velo, resbalaba por el rostro y llegaba hasta las manos, donde meticulosamente se empeñó con el albayalde y los verdes, hasta hacer latir las venas debajo de la piel.

Agotado, dio dos pasos hacia atrás para coger perspectiva. Contempló a la modelo por encima del caballete, serenamente risueña a pesar de las horas de posado. Después de tantas sesiones, después de tanto esfuerzo, allí estaba su obra, imperfecta. Sin apenas más vida de la que tenía tiempo atrás, cuando sólo era una tabla de madera de álamo. Suspiró abatido, y con un hilo de voz, casi implorando, preguntó a la pintura: “¿Por qué no tienes alma?”. Miró fijamente a la modelo, perdiendo la noción del tiempo, hasta que una voz lo sacó de su ensoñación:

- ¿Maestro?…¿Maestro?…

- ¿Sí?…

- ¿Leonardo? ¿Os encontráis bien? Me estabais mirando como si no me hubieseis visto nunca – Dijo ella algo preocupada- como si ocultase un misterio o guardase un secreto.

Entonces lo comprendió todo, se acercó al retrato, dirigió el pincel hacía el rostro y, con infinita delicadeza, le retocó la sonrisa.

Cárcel de Dioses

No vienen por aquí. No los he visto nunca salir y acercarse a nosotros. Si vinieran con sus niños sería divertido, jugaría con ellos al fútbol, o con los trompos y las gomas de los neumáticos; en el vertedero también se puede jugar a las escondidas aunque no se si sus papás los dejarían, o podríamos bañarnos en la playa y yo atraparía peces y se los daría, o aprenderían como se pescan.

A veces voy a verlos, con Julio y con María. Hay verjas y alambradas, pero sabemos por donde entrar sin que nos sorprendan. Muy despacio nos acercamos y nos quedamos agachados al lado de donde ellos comen, en unas terrazas de madera con ramaje y sombrillas, sobre la orilla. Los esperamos abajo, en la arena, tan cerca que podemos tocar las patas de las sillas, y cuando están sentados levantamos las manos. Algunos nos dan un dólar, otros un euro, o un billete de cincuenta pesos. Yo les digo que están en Quisqueya, pero no me entienden.

Cuando volvemos al pueblo mi padre se enfada porque he estado allí, pero yo sé que le gusta porque siempre cuenta el dinero y se alegra, y se pone cariñoso con mi madre y yo me salgo a la calle mientras.

Desde la colina se les ve muy bien. El sitio es enorme, lleno de palmeras y piscinas y edificios. Les gusta montar en lanchas y bucear, en una zona cerrada con redes y boyas. A mí me resulta muy raro ver cercado el mar. Por las noches se escucha música y voces hasta muy tarde, pero a mí no me molesta. Me imagino jugando con los otros niños, nos perseguimos entre la gente y nos escondemos debajo de las mesas y bailamos imitando a los mayores y nos reímos mucho, y así estoy hasta que me duermo.

No sé para qué tienen tantas cosas, ni para qué las quieren si no se mueven de allí. A veces creo que no pueden salir, y que por eso los marcan a todos con unas pulseras de colores, para identificarlos; igual pitan si se escapan y van y los detienen. Aunque sonrían mucho, y aunque parezcan felices, eso es lo que pienso, que están en una cárcel, y que por eso no vienen a conocernos, que por eso no salen los niños a jugar con nosotros, porque no pueden, porque están presos.

Dos segundos de cielo

El día de mi muerte lucía un sol radiante. Un día magnífico. Ni una nube y un cielo azul intenso, de los que casi duele mirar. La vista desde aquí arriba era bella, impresionante. La torre de la Catedral a mi lado, muy cerca. Al fondo, el puerto. Abajo un enjambre de calles bulliciosas de gente y de coches. En la terraza de un hotel cercano una pareja tomaba el sol al lado de la piscina, leyendo un libro.

La última vez que la vi estaba ya subida en el coche. Bajó la ventanilla y me llamó.

- Dime preciosa ¿Qué quieres? – Dije, asomándome a la puerta de la calle.
- Nada. Quédate ahí. Déjame verte.
- ¿Ya?- Sonreí.
- Sí, son mis dos segundos de cielo.

Después subió la ventanilla, dio marcha atrás hasta salir a la calle principal y desapareció para siempre. De Tráfico me llamaron a la hora de comer, no voy a dar los detalles de algo que sucede todos los días. Las cosas pasan, casi siempre a otros y a veces a ti, simplemente.

Un barco crucero enorme se acercaba lentamente al puerto. Pensé que cuando llegara a atracar yo ya no existiría, y eso no me produjo alegría ni tristeza, ya estaba emocionalmente muerto desde mucho antes. El aire era limpio y fresco. La brisa en la cara me recordaba que aún seguía vivo. Pensé en ella, alejándose sonriendo a través del parabrisas. Di un paso y salté, así de sencillo.

Fue rápido y letal, apenas sufrí. Unos dos segundos de cielo y veinte metros de caída.

FABULA DE LA RANA LISTA

Un mal día, estas cosas nunca pasan en días buenos, una bebita ranita que alegre y pizpireta remoloneaba por sus charquitos preferidos, acabó hecha un sello de correos en la pezuña de una vaca enorme. Las otras ranitas que la acompañaban salieron saltando despavoridas y, azarosamente, se cruzaron con la rana más lista del abrevadero.

- ¿Qué pasa? – pregunto la lista Blaug-rana, que era del barsa.

- ¡Una vaca!, ¡Una vaca enorme acaba de pisar a nuestra amiga Pipi-rana! – Exclamó Sobe-rana, la jefecilla del grupo.

- ¿Como era de grande?, ¿Así? – Dijo mientras tomaba aliento y se hinchaba como un globo.

- ¡Nooooo!, ¡Más grande! – croó Almo-rana, la más picajosa del grupito.

- ¿Más?, ¿Así? – Repitió tomando aire e inflándose más aún.

- ¡Noooooooooo!, ¡Mucho más grande! – Chilló Ma-rana, la más libertina de las ranitas.

- ¿Mucho más?, ¿Así? – Dijo, tomando muchísimo aire e hinchándose hasta ponerse morada.

Cuando la pequeña Ja-rana, la más marchosa de todas, iba a decir que mucho más grande, se oyó una gran explosión y nuestra rana lista estalló por los aires.

- ¡Oooooooh!, ¡Vaya! – exclamaron las pobres lagarte-ranas (eran todas de Toledo) ante el segundo susto de la mañana – ¿Por qué habrá creído la rana lista que podía llegar al tamaño de una vaca?

Café y sueño.

La noche había sido intensa. Una buena juerga. La gente se fue retirando casi a hurtadillas, sin ganas de despedirse, suele pasar. Como de costumbre acabé de cierra bares, es lo que tiene ser de poco dormir. En esta ocasión me acompañaba como superviviente una amiga, que iba literalmente pegada a mí, con la cabeza en mi hombro y el brazo por mi cintura, por debajo de la camisa, casi tocándome el culo. Presa fácil, pero no esta noche. Ni mi nivel de alcohol ni el suyo iban a permitir muchas proezas, mejor plantarse y ser un caballero; además, era una amiga de las de siempre y de esas ya quedan pocas, hay que cuidarlas.
Llegamos a una parada de taxis, había libres.
- Cariño, aquí te dejo, mañana te llamo- Mentí.
- ¿No subes?
- No, vete tú. Yo debo tener el coche por algún lado, lo buscaré.
- ¿Voy contigo?
- No, no. Mejor que lo busque un solo borracho. En tu estado y con esos taconazos tardaríamos una semana en dar con él.
- ¿Pero sabes donde está?
- Si, todo controlado. Debe estar en un radio de cinco kilómetros.
Se rió. Me gusta que las mujeres se rían, es algo que me puede y no lo entiendo, todas mis desgracias empiezan con una mujer riéndose.
- Bueno, pues entonces te dejo. Llámame mañana- dijo.
- Sí, te lo prometo. Que la Tuna de Ciencias me encule si no lo hago.
Volvió a reírse, volvió a gustarme y volví a pensar lo mismo.
Ahora ponte a buscar el coche- musité.
Decidí cortar por el centro. Crucé Beatas, ya desangelada. Mi orientación, de por sí penosa, estaba anulada por la ginebra. Pasé al lado de la tienda de subastas, un dragón chino me sonrió burlón; Clandestino quedó a un lado; pasé por Cinco Bolas, atravesé el estrecho callejón que cruza el Museo Thyssen. Vi una iglesia y una plaza. Vi una librería y una fuente. Iba completamente perdido. Las calles eran cada vez más estrechas, o a mí me parecían más estrechas. Llegué a una plazoleta que jamás había visto. Un local tenía la luz encendida. Me asomé. Era agradable, olía a café, entré.
- Buenos días- Me dijo el camarero, y en ese momento reparé en que ya había amanecido.
- Buenos días.
- ¿Qué quiere tomar?
- Eh…un café.
El tipo se sonrió y me dijo:
- Verá, señor. Este es un establecimiento especializado en cafés. Árabes, colombianos, brasileños, jamaicanos, asiáticos…- hizo una pausa y luego dijo con un tono algo enigmático- y también están los especiales. ¿Cuál prefiere?
- Bueno, es difícil, póngame uno que me quite el sueño- Dije intentado ser amable, pero con ganas de zanjar su parrafada.
- Por supuesto, señor. ¿Qué sueño?
- ¿Cómo?
- ¿Qué sueño desea quitarse?
- No le entiendo- Le dije.
- Como ya le he dicho, somos especialistas. Le pregunto si desea quitarse el sueño en general o algún sueño en particular.
- Está usted bromeando- Le dije, poniéndome todo lo serio que mi estado etílico me permitía.
- En absoluto. Puede usted elegir entre un simple café que le impida dormir; un burdo café que le quite todo sueño posible, para despertar como después de la nada más absoluta; o puede atreverse a pedirme algo más exquisito. Hay clientes que beben café para quitarse los sueños de grandeza, o de eterna juventud, o de riqueza. Otros desean no soñar con aquellos que ya se han ido. O los más difíciles, los que no quieren soñar con amores perdidos a los siguen deseando.
- No se que decir, es la primera vez que oigo esto.
- Bueno, no es que seamos los primeros, es que somos los únicos. A veces he estado horas y horas preparando la mezcla exacta que quita el sueño de andar desnudo por la calle, o el de volar. Esos son cafés complicados.
En ese momento nos interrumpió un señor que se iba:
- Hasta mañana.
- Hasta mañana Don Eduardo, que pase un buen día.
Don Eduardo- continuó- es un habitual de esta casa. Siempre se toma un café que le quita el sueño de la muerte. Bueno, señor, le veo muy cansado, creo que dentro de poco estará durmiendo, ¿Qué desea no soñar?
- No tengo ni idea, estoy perdido, mi coche está en algún sitio de esta ciudad, he dejado que una tía estupenda se vaya en taxi cuando quería llevármela a la cama y tengo un dolor de cabeza del tamaño de la Catedral. ¿Qué me recomienda?
- Es algo muy personal, debe decidir usted.
- Bien…eh…no estoy en condiciones de pensar, póngame un café colombiano y una copa de aguardiente. Otro día seré más exquisito.
- Claro señor, otro día.

Tardé cerca de una hora en encontrar el coche, dormí todo el día. A la mañana siguiente busqué en vano el bar, no recordaba su nombre, si es que lo tenía, no encontré ni la plaza. Nadie parecía conocer el lugar, nadie había oído hablar de él. Yo sé que no fue un sueño; eso pienso mientras aprieto con la mano, dentro del bolsillo del abrigo, la cucharilla del café.

1 – 0

Siempre hago el mismo camino para ir al trabajo, pero recuerdo que aquel día torcí una bocacalle antes de la habitual, y me llegué al bar de Manolo para sacar tabaco de la máquina. En la puerta del bar, con un botellín de cerveza en la mano, la espalda y el pie apoyados en la pared, estaba Gerardo.

Hacía mucho tiempo que no veía a Gerardo, fuimos compañeros del colegio. Mal estudiante y algo bala perdida, se le adivinaba el porvenir desde muy pronto. Dejó preñada a la novia, con la que se casó y a la que abandonó al poco tiempo, pasando por completo de ella y de su hija. Un tipo sin oficio ni beneficio, que malvivía de trabajos temporales y de darle la murga a una hermana mayor, viuda, que vivía en un pueblo cercano.

- “¿Hombre tío, que pasa, cuanto tiempo eh?” – Dijo, alargando mucho la “eh”, y aunque me reconoció evitó mi nombre, posiblemente ni se acordaba. Me sentía incómodo por tener que hablar con alguien a quien no tenía nada que decir.

- “Hola Gerardo, me alegro de verte, ¿como te va?”

- “Bien tío, bien. Tirando.”

- “Joder, estás hecho todo un machote, tan temprano y ya de cervecitas”- Dije, por decir algo.

- “Si” – Dijo riéndose- “Es que estoy jugando un ratito, me gusta jugar un ratito por las mañanas.”

- “¿Jugando?, ¿Has estado jugando a las máquinas?”

- “No tío, eso cuesta dinero, yo me salgo aquí a la calle y juego un ratito a la mujeres follables.”

- “¿Cómo?, ¿Has dicho mujeres follables?”

- “Sí, tío” – Rió nuevamente – “¿Esta chulo eh?. Tu te pones aquí, y esperas a que pasen las tías. Todas no valen. Las niñas, las viejas, las subnormales, las lisiadas…en fin, ya sabes, esas no. Solo cuentan las tías normales. Entonces la miras bien y si piensas: “Joder yo a esta me la follaba”, pues el marcador se pone uno a cero, las follables juegan en casa” – se reía continuamente explicándome su juego – “Que luego pasa otra muy fea o con un cuerpo de mierda, pues uno a uno. Es muy divertido tío.”

- “Coño Gerardo, tu te diviertes con unas cosas…”

- “¿A que si? Y luego cuando ya te hartas pues revisas el marcador a ver quien ha ganado, si las follables o las otras. Es como el fútbol pero con tías.”

Dejó de hablar un momento mientras miraba para otro lado y de repente exclamó:

- “¡Mira aquella que va por ahí!, Joder que tía. ¡Uno a cero!”

- “Gerardo, ¿No sabes quien esa joven? Creo que es tu hija, tío.”- Mentí, yo tampoco sabía quien era, simplemente se parecía, pero reconozco que a veces soy bastante cabrón.

- Joder, pues si que ha crecido la hija puta.

Se quedó mirándome fijamente, aunque probablemente ya no me veía. Estuvimos un buen rato en silencio, hasta que se terminó la cerveza de un trago. Entonces nos dijimos adiós y se metió en el bar. Cuando llegué a la oficina pensé que la recepcionista era un “uno a cero”. No he vuelto a verlo desde entonces.

Australia

Australia, yo quiero ir a Australia, yo quiero ir a Australia, ahora mismo, a Australia.
Porque está muy lejos, realmente lejos, Australia. Porque todas las cosas venenosas,
peligrosas, picajosas están allí, en Australia. El outback, que es como llaman los de
Australia a su imponente desierto, que es todo el continente menos la costa, está
plagado de matas pinchantes e infecciosas. Las medusas cofre, el bicho más venenoso
del mundo, comparte playa con los bañistas en Australia. Y Sidney, y Canberra y
Melbourne y Perth y Brisbane y Darwin, todas llenas de parques y jardines y gente
maravillosa y simpática y cervecera. Yo quiero ir a Australia. Y coger el tren que
recorre todo el sur, y visitar la gran barrera de arrecifes, que llega hasta el cabo York, y
que es el organismo vivo más grande de la Tierra. Australia, donde su Presidente va a
darse un bañito y lo arrastra una corriente marina y no lo vuelven a ver más. Australia,
tan grande y tan imponente que pasan a su lado y no la ven y descubren la puta
Tasmania antes, hay que ser miope. Quiero ir, quiero ir, quiero ir a Australia. Donde se
mueren de dengue varias docenas de personas y sale como noticia en la contraportada
de los periódicos; donde se encuentran los organismos vivos más antiguos de la Tierra,
esas chimeneas submarinas que hicieron posible que el planeta se llenara de oxigeno,
burbuja a burbuja, durante millones de años, y vas allí y las ves, en Australia. La isla
más extensa, Australia. El Uluru, ese impresionante monolito con propiedades mágicas
para sus aborígenes, a los que pertenece. Australia, única, el 80% de su flora y su fauna
no existe en ningún sitio más que en Australia. Enorme y vacía, con sus 20 millones de
habitantes poblando un territorio hostil y lleno de vida. Australia, con sus ciudades
limpias, sus políticos malhablados, su café caliente y su cerveza helada al borde de la
playa, donde los conos de la arena te quitan la vida si los tocas. Yo quiero ir a Australia,
yo quiero ir a Australia, yo quiero ir a Australia, varias veces, a Australia, sí.

MAPA DE AUSENCIAS

Creemos que elegimos nuestros itinerarios para ir al trabajo, o a las casas de amigos y
familiares, siguiendo un simple recorrido lógico de calles o de autobuses. Pero no es así.
Solo hace falta que te desvíes un día de ese camino, bien porque acompañas a un amigo
o porque vas a sacar tabaco, para darte cuenta de que la verdadera razón que late bajo la
apariencia del camino más corto son las ausencias.
Pasarás delante de esa casa que tan mal recuerdo te trae, o de la tienda donde juraste
nunca más entrar; te toparás de frente con tu ex pareja, o con su madre; o con el
conocido cuyo nombre no recuerdas y no sabes si pararte o no, y harás un movimiento
impreciso y estúpido delante de él, sin acertar; o te detendrás delante del bar donde
fuiste cruel con alguien que antes te quería. Volverás a oler alcantarillas ya olvidadas, y
tal vez aromas de flores o de comidas que te transportan a otra época y que, tras una
leve alegría de años frescos, te dan un pellizco incómodo en el alma. Mirarás de soslayo
una esquina donde hiciste una promesa rota y más adelante, quizás, otra donde el
traicionado fuiste tú.
Y entonces comprendes porqué no pasas nunca por ahí, porqué evitas esas aceras y
porqué protegiste tu camino con la seguridad de todas sus ausencias, andando por calles
ausentes de barrios ausentes; y cuando llegas a tu casa y te tumbas en el sofá y pones la
tele, te quedas como el rumbo que íntima y secretamente elegiste, ausente.