Beso de cine.

Un día terrible. No. TERRIBLE, con mayúsculas. Por la mañana me despidieron por causas objetivas: No les caía bien. Por la tarde me dejó mi chica. No es nada personal, quiero a otro, me dijo. Pues sí que va a ser personal, le respondí. ¿Ves? No entiendes nada, no puedo contigo, replicó. La dejé mirando al suelo con su impersonal manera de darme billete al purgatorio de los capullos enamorados y no correspondidos. Me fui a mi bar. Sebas, amigo mío, ponme un Johnnie Walker Blues; como la canción de Los Secretos, quiero beber hasta perder el control.

Llegué a mi casa de noche, me derrumbé en el sofá. En la TCM una chica en blanco y negro lloraba porque su novio, un tipo honrado, debía hacer algo sucio en el trabajo para mantener a su familia. Pensé que todos cargamos nuestra propia cruz. Me dormí. Soñé con sótanos húmedos y almas vendidas, soñé con una plaza llena de gente que aplastaba palomas al andar.

Cuando desperté, un coche antiguo se alejaba por un camino polvoriento. Dentro de él, dos mujeres. Una se quitaba la pamela mientras la otra le preguntaba “Dime, Dennie ¿Sigues enamorada de él?” Por toda respuesta, se quedó pensativa mirando a la nada con unos hermosos ojazos negros y una triste y apenas esbozada sonrisa, a la manera de La Gioconda. Entonces me advirtió, y dijo:

– ¿Me oyes?

– ¿Yo?

– Si, tú. Ven, acércate.

Me senté al lado del televisor, temblando, pero no de miedo.

– Cariño, da igual lo que pase ¿entiendes? Yo siempre estaré aquí, a tu lado. Ven, dame tus labios.

– Sí… – Respondí.

Me pegué a la pantalla, cerré los ojos, que ahora lloraban, y muy despacio, Natalie Wood me dio un beso de cine.

Concierto.

Me voy de concierto, a un garito que me ha recomendado mi amigo Miles. No sé por qué le hago caso. La última vez que fui a una movida de las suyas, un tipo ataviado con unas orejas de conejo gigantes aporreaba una guitarra como si Montoro estuviera dentro, al tiempo que se retorcía en episodios paroxísticos parecidos a cuando te da un ataque de rabia. Después saltó del escenario e intento morderme.

– No le has pillado el significado, Colt.
– Miles, no se si he estado en un concierto o en un rodaje de The Walking Dead, vete a la mierda.

El caso es que me dejé convencer. Un local enfocado a la música como un nuevo medio de expresión, libre de las convenciones armónicas y de la estética dominante que esclaviza a los verdaderos creadores, eso es lo que Miles me dijo. Arte moderno. Gente en la onda, ya sabéis, manifestaciones de creatividad transversales, enfoques multidisciplinares desde la independencia del autor y todo eso, hay que estar al loro de las vanguardias.

Llego a las nueve. El barrio es de los de solera, muy famoso; aparece todas las semanas en la sección de sucesos de El Mundo. En la barra del local un tipo se me queda mirando.

– Vaya barrio, colega – le digo, para romper el hielo – ¿A quienes tenéis de vecinos? ¿A la familia Manson?
– Es un sitio tranquilo, tío – me responde.
– Sí, es muy tranquilizador ese coche que tenéis justo delante, sin ruedas y descansando sobre cuatro cajas de fruta.
– En este local no ha pasado nada en los últimos seis meses.
– Genial, pero será pura casualidad, no creo que haya venido una representación diplomática de la chusma a firmar un tratado, vamos.

El tipo levanta la cabeza con cara de pocos amigos. Cambio de tema.
– ¿Dónde es el concierto?
– Arriba.
– ¿Cuánto cuesta?
– Es gratis.
– Ah, subo entonces.
– Subir vale diez euros.
– Pero si me has dicho que es gratis.
– El concierto es gratis, lo que vale diez euros es la entrada.
– Entonces no es gratis.
– No pillas la intención.
– ¿Qué intención? Oye ¿esas pastillas que te acabas de tomar no son para la tensión, verdad?
– Gratis es un concepto relativo, tío, como el aire, como el ser, como el sexo, como el arte, y todo el arte lo es per se.

Mientras oigo la parrafada mierdofilosófica del drogado, sacó diez pavos y pago/no pago la entrada, acordándome de la madre de Miles.
– ¿Cómo se llama el grupo?
– Evacuación.
– ¿Qué???
– Evacuación – me repite en un susurro, mirándome como si me estuviera desvelando la fórmula de la coca cola – ¿Lo pillas?
– Digamos que me inquieta un poco – Le respondo mientras pienso en algo físico que prefiero no describir.
– No pillas la idea, tío.

Subo las escaleras, arriba hay poca luz, una pequeña barra a un lado y un escenario al fondo. Me pido una cerveza y me clavan otros diez pavos, aunque me insisten en que la cerveza es gratis y que no pillo el fondo del asunto. Me aparto de allí antes de que la camarera, vestida como una Heidi politoxicómana, empiece a machacarme con la mierda de la relatividad.

Habrá como unas cincuenta personas delante del escenario y decido quedarme atrás en la barra, junto a la salida. Todos lucen tan fashion y sofisticados que Andy Warhol aquí parecería el hermano cateto de Paco Martínez Soria. De modo que imaginaros lo que podría parecer yo. Una chavala con traje ajustado de látex negro y una capa de leopardo se me acerca elevada sobre unos tacones de los que se venden junto con un andamio para poder ponértelos; antes de que le diga que el sadomaso no me pone, me pregunta:
– ¿Los has visto antes?
– No, pero son enormes… jooooder…
– El grupo…
– Eh, no, y mira que les tenía ganas… – le miento.
– Son… transustanciales… – me dice, poniendo los ojos en blanco.
– Qué bien ¿Y hay punteos?
– Tienen un halo de manifestación… transcultural… – Sigue diciendo, pasando de mi pregunta.
– Vaya, lo siento ¿Todos o sólo el cantante? Una amiga mía tenía algo parecido y le mandaron paracetamol con codeína – Digo, tratando de ser amable.
– Son… trans… trans…
– ¿Transformers? – Le suelto, a ver si lo adivino.
– No pillas el concepto, chaval – Me suelta mientras se aleja.

Se ve que hoy es mi día de no pillar nada. Se apagan las luces y se hace el silencio. Un foco ilumina el escenario. Salen cuatro tipos de unos ciento cuarenta kilos cada uno, vestidos con largos impermeables amarillos. Uno de ellos coge una Les Paul, creo que va a colgársela, pero en vez de eso se la lleva a la boca y la parte por el mástil de un bocado. Otro se acerca al piano, lo agarra por lo extremos y le suelta un cabezazo descomunal, un montón de teclas salen volando por encima del público. Aplausos. “¡Transbrutal!” corea la peña. Entonces los cuatro limones del Caribe se acercan a los micros y empiezan a chillar de manera pavorosa, como si los estuvieran operando de las tripas con un sacacorchos. Se paran de golpe, y al segundo gritan todos a la vez: ¡Fueeeeeeegoooooooooooo!

Desbandada. La gente se vuelve hacía la salida y huye a toda pastilla, incluyendo los cuatro mastodontes, rompiendo todo lo que queda a su paso. A mí no me da tiempo a volverme, me pasan por encima pegando alaridos. Una mole amarilla me pisotea entero. Intento levantarme pero me quedo haciendo círculos en el suelo como los muñecos de cuerda cuando vuelcan. Bajo reptando las escaleras. Ya no queda nadie, salvo el loco de la barra. En la calle se oye jaleo y risas, lo están celebrando bien.

– Has sentido el arte, tío, lo has vivido, has formado parte de él en una perfecta comunión del caos – Me dice, arrastrando la lengua, desde el planeta Colocón.
– Evacuación…
– Es un símbolo, tío, son buenos de verdad, han transmutado con el público.
– Habrá que transjoderse…
– No pillas el vínculo creativo del arte moderno, tío.

Consigo levantarme. Llego a mi casa. Me quito los cristales rotos. Llamo a Miles.
– Hola, Colt ¿Cómo te ha ido? ¿Era bueno el grupo?
– Genial, tienes que ir a verlos, actúan de nuevo la semana que viene.
– Claro, no me los pierdo.
– Por cierto, el alcohol allí es carísimo, tío.
– Vaya…
– Sí, llévate un montón de botellitas de ginebra de esas pequeñas de cristal, como las del AVE, y te las metes bien en los huevos, que no te las vean.
– Buena idea, Colt, lo haré.
– Ah, y quédate por la barra, es donde mejor se oye.
– Genial tío ¿Te gustó entonces?
– Sí, ya verás, va a ser una experiencia transexual.
– ¿Qué?
– Nada, Miles, yo me entiendo.

Transcuelgo.

Me gusta mucho su taxi

El mismo trayecto, cinco veces a la semana, de lunes a viernes, salvo días festivos, ida a las ocho y vuelta a las cuatro y media, desde hace un año. Siempre la misma conversación, como de nuevas, como si cada día fuera el primero.

– Hola joven.
– Buenos días, le ayudo a subir.
– ¿Me subo?
– Sí.
– ¿Dónde vamos?
– No se preocupe, yo lo llevo.
– Me gusta mucho su taxi.
– Gracias.

Cuando lo recojo por la tarde el protocolo se repite.

– ¿Me subo?
– Claro, yo lo llevo a su casa, sin problema.
– A mi casa.
– Sí.
– Me gusta mucho su taxi.
– Gracias.
– Es muy bonito.
– Gracias.

Mi mujer no lo lleva nada bien, anda molesta porque no pido ni los gastos, que de bueno soy tonto, y me veo obligado a pedir permisos en el trabajo y ayudo menos en casa. No lo entiende.

Algunas veces no hay nadie cuando lo llevo a su domicilio, como tengo llave yo mismo abro y lo ayudo a entrar, lo siento en su sillón y me espero, hasta la cena si hace falta.

Y así de lunes a viernes, un año ya, de su casa a la Unidad de Estancia Diurna para Enfermos de Alzheimer, y viceversa. Su deterioro es rápido, no le quedan muchos viajes, y cuando todo esto acabe también se acabará el taxi.

Y mi hijo mayor se enfada, cada vez son más los favores que debo, y no dejo de perder dinero, y me quita mucho tiempo para otras cosas; es más, no soy taxista, ni mi coche es un taxi. ¿Qué más da? a él le gusta que lo sea. Qué más da todo eso si a veces, cuando ayudo a bajarse de su taxi imaginario a esa sombra ya rota, vencida y vacía, y me mira fijamente, durante un segundo, creo ver en sus ojos el brillo del hombre fuerte y seguro que fue mi padre.

MIEDOSEXUAL

No era miedo lo que sentía, más bien era temor; Natalia le gustaba mucho, pero mucho del verbo “cásate conmigo” Ya habían salido juntos varias veces a cenar y a tomarse una copa luego. Ya habían hablado de sus antiguas parejas y de sus trabajos, y se habían reído varias veces con su manía de ponerse la servilleta metida por el cuello de la camisa cuando se sentaban en el restaurante.

– Cosas de mi madre – le decía Fran.
– ¿Haces todo lo que te dice tu madre? – Reía ella.
– No, no, sólo hasta los cuarenta y cinco.
– Pero si tienes cuarenta y cuatro…
– Pues eso… – Dejaba caer y volvían a reír.

Pero la angustia de Fran era sexual. Las dos últimas veces que había estado con una chica las cosas no habían salido bien, se le apagaba el ritmo a mitad de la faena y las palabras de comprensión y de “a todo el mundo le pasa alguna vez” no le aliviaban en absoluto. Bien es cierto que sólo le había ocurrido un par de veces, pero no quería una tercera, porque quien podía venir ahora era Natalia; la había invitado a cenar, esta vez a su casa.

– Por cierto – le dijo la última vez que quedaron – hago una ensalada César tan rica que los pollos se pelean por salir en la lechuga.
– Eso habrá que verlo – dijo ella.
– Cuando quieras, y si traes tu mejor sonrisa, te preparo un carpaccio de gambas con piñones en el que las gambas cantan a coro “Oh happy day” cuando vas a cogerlas.
– Tonto… – Dijo Natalia riéndose
– Así, como esa, perfecta.

De modo que Natalia dijo que sí, el sábado, a las nueve. En los giros de la conversación y en las miradas Fran había intuido que el postre, tal vez, sería en la cama, y eso le encantaba y le atemorizaba a la vez.

El sábado a las ocho todo estaba preparado, la César sólo a falta de mezclar la salsa y rallar el parmesano, el carpaccio descongelándose lentamente en la nevera, la mesa preparada, tres lámparas de pie dando una luz cálida, hábilmente distribuida, y… bueno, y sábanas limpias. Él se había puesto unos zapatos negros, unos pantalones negros, una camisa negra y una chaqueta gris muy oscura. “Ya sé que el negro adelgaza, pero espero no parecer el director de una funeraria” pensó.

A Fran le gustaba hablar a solas mientras hacía cosas en casa, pero no dijo ni una palabra de lo que en realidad llevaba pensando toda la tarde: estaba asustado, el recuerdo de sus últimas experiencias sexuales le pesaba como una losa y la sola idea de que pudiera volver a pasarle con Natalia, una chica a la que quería de verdad, lo martirizaba. Entonces se le ocurrió la idea, “tengo tiempo” pensó, “vamos a ello” Encendió el portátil y entró en Internet.

– A ver… Redtube… Pornohub… Brazzers… Orgasmatrix… ¡hostias, qué buen nombre, suena a Neo y Morfeo en plan pajilleros! Ésta misma – dijo bajándose los pantalones.

La idea era simple, iba a ponerse a cien, pero sin acabar, ayudado por los estímulos audiovisuales de una húngara neumática que, con una habilidad circense, metía la cabeza en las nalgas de otra chica con unos pechos que en la vida cotidiana le harían imposible caminar sin un arnés ortopédico. “Si siguen retorciéndose así entre las dos, de esa manera, van a necesitar dos enfermeros para separarlas” pensó. Y efectivamente, aparecieron dos enfermeros y se lió del todo.

Cinco veces hizo la marcha atrás, a las nueve menos cuarto apagó el ordenador, se subió los pantalones y se abrochó los botones de la bragueta con el mismo pulso y tranquilidad con el que llamarías a medianoche a las urgencias del manicomio con tu abuelo subido a la espalda.

A las nueve y diez llegó Natalia. Iba radiante, con un vestido rojo de algodón, ajustado, con la espalda al aire.

– Estás preciosa – Le dijo Fran.
– Gracias, pero si sigues con la boca abierta pensaré que te ha dado un ictus… – bromeó.

Cenaron, hablaron y bebieron vino, brindaron, celebraron la César y se rieron con el carpaccio:

– Las gambas no han cantado, ¿es que no eran frescas?- dijo ella.
– ¿Cómo que no? Por lo que me han costado era fresca hasta la pescadera, lo que ocurre es que son las típicas gambas alérgicas a los frutos secos; pero espera, ya te canto yo – dijo levantándose para coger la guitarra.

Entonces lo cogió del brazo, “No, no hace falta, ven” y lo besó. Se besaron un buen rato, después ella lo llevo al sofá y lo sentó; se quitó despacio el vestido delante de él. El conjuntito de ropa interior, rojo también, era de esos lujosos y maravillosos que hacen que a su lado unas braguitas del Women’Secret parezcan una medusa viscosa. “Voy a animarte” le dijo. Se puso de rodillas, le desabrochó la bragueta, se la sacó y empezó a acariciarla suavemente, con su cara muy cerca del pantalón. Él notó calor, mucho calor, abrió la boca para decir algo pero una oleada de placer se la cerró, le tensó las piernas, le arqueó la espalda, le apretó el culo y le nubló la vista… a Natalia apenas le dio tiempo de apartar la cara.

Zas.

Cuando abrió los ojos lo primero que acertó a ver fue el cuello de Natalia obsequiado con un particular collar de perlas; después, su delicada mano abierta con el pene encima, boqueando como un pececillo agonizante, mustio como un pajarillo muerto; por último, su mirada se cruzó con la de ella, que lo miraba como si ya no estuviera allí, como si fuera invisible… hasta que entornó los ojos y cerró la mano apretando con fuerza. Fran lanzó un aullido. Entre dientes, con una voz sacada de la espectral garganta de un espíritu asesino muy cabreado por el inesperado despertar de su sueño eterno tras una impertinente invocación Ouija, Natalia le susurró al oido: “Cariño, voy a enseñarte a avisar”

Entonces sí, entonces sintió miedo, mucho miedo.

Claro que me acuerdo.

Me acuerdo de un verano infinito, años después supe que duró lo mismo que todos los veranos.

Me acuerdo de una piedra lisa y dorada en la playa del Peñón del Cuervo. La tiré al agua y rebotó cinco veces antes de hundirse.

Me acuerdo de una noche de estudio, amigos y café. Discutimos por Kant y se nos atragantó Hegel. Al día siguiente aprobé el examen, era de Física.

Me acuerdo de la sangre de un hombre en mi camisa. Alguien lo había golpeado con furia y un hilo rojo saltó de su boca. Supe que jamás le pegaría a nadie.

Me acuerdo de una biblioteca vacía, de horas de estudio, levantaba la cabeza y sólo veía letras. Una chica con una felpa negra iba siempre a la misma hora. Nos miramos muchas veces, nunca hablé con ella.

Me acuerdo de un bar en una callejuela del centro de Málaga. Desperté con una cucharilla de café en la mano, por eso sé que esa noche no fue un sueño.

Me acuerdo del barro en mis botas un domingo gris en el cementerio, y me gustaría no acordarme.

Me acuerdo del sonido de una radio entrando por la ventana abierta de una noche de verano, reconocimos la melodía y la cantamos en voz baja.

Me acuerdo de tu cuerpo desnudo, de pie al lado de la cama, sonriendo y temblando de deseo. Se puede ser más rico, pero no más feliz.

Me acuerdo de un amanecer en un castillo árabe. Bebíamos de la misma botella. Cuando salió el sol nos abrazamos y fumamos a medias el último cigarro que nos quedaba. Después te fuiste de España.

Me acuerdo del afecto de un profesor amigo y de su abrazo en el hospital. Él estaba más entero que yo. Me avergoncé de mí en ese momento. Me acuerdo y lo sigo haciendo. Hay lecciones infinitas.

Me acuerdo de mi primera guitarra, era barata y estaba rota. Sufrió excursiones y autobuses. Muchos besos los consiguió ella.

Me acuerdo de mí hace veinte años, pensando en mí dentro de veinte años. Se puede viajar en el tiempo, basta con oir a Mozart.

Me acuerdo de una puesta de sol en el Paseo de Apodaca, la luz adquirió un tono mágico.
Me acuerdo de una despedida en el aeropuerto. Nunca un beso fue tan triste, su imagen aún me asalta y me desarma sin piedad, cuando menos me lo espero.

Me acuerdo de un patio andaluz de macetas y jazmines. Los gorriones se paraban en la mesa, ajenos a nuestra conversación.

Me acuerdo del sabor de la última cerveza en un bar de carretera. Recogiste con el dedo una gota de agua de mi botella helada. “Nos evaporaremos, algún día olvidaremos todo” susurraste. Me la llevé, la tengo aquí, al lado del ordenador.

Libro antiguo

Antes era abogado. Tenía un buen trabajo en una firma prestigiosa con delegación en Málaga y se barajaba mi nombre para ser nuevo socio. Mi último asunto era de mucho dinero, una demanda millonaria contra una firma de automóviles en la que nuestro cliente reclamaba la titularidad de una patente.

Sería por abril, un sábado por la mañana después de una semana de mucho trabajo, cuando decidí darme una vuelta por un mercadillo de libros que habían puesto en la Plaza de la Merced. Me gustan los libros y las sorpresas que a veces puedes encontrarte en los mercadillos y las librerías de libros antiguos o descatalogados. No era un mercadillo especializado, había lo típico de estos puestos: colecciones incompletas de las que han anunciado por televisión, clásicos en formato barato, revistas de pasatiempos y poco más.

Algo apartado, haciendo esquina, separado de los demás, había una caseta peculiar, pequeña y de madera barnizada. Una joven delgada, bajita, elegante, de media melena rubia perfectamente recortada y alisada, se alejaba del puesto después de cruzar algunas palabras con el librero. “Es de las que confundirías con un playmobil en una noche gamberra” pensé mientras me acercaba a echar un vistazo. Eran libros antiguos, muchos de encuadernación holandesa, otros de piel decorada en oro, alguno con estampado en tela, había varias Biblias, una edición de Los miserables de 1890 en cinco volúmenes grabados, cosas así. El dueño estaba agachado, calentándose las manos en una estufa de gas, no tenía muy buen aspecto.

– ¿Puedo? – Dije señalando un pequeño libro de cuero negro que me había llamado la atención.

– Sí, todo se puede tocar, teniendo cuidado todo se puede tocar.- Dijo incorporándose.

Era un tomo en cuarto menor, encuadernado en plena piel, con el lomo liso y unos extraños símbolos en la tapa estampados en seco.

– Es cabra.- Dijo el vendedor.
– ¿Cómo?
– Es piel de cabra.
– Ah -dije- No pone el título.
– No es necesario, es el libro de su futuro- Dijo, mirando al suelo fijamente.
– ¿En serio?- Dije sonriendo mientras lo ojeaba. Faltaban, como arrancadas al azar, algunas hojas- pues está en blanco.
– Claro, no es suyo aún.
– ¿Quiere decir que si adquiero el libro se escribirá sólo? – Bromeé.
– No lo sé, es su futuro.
– ¿Cuánto vale? – La broma empezaba a gustarme.
– Bueno, en un primer trato le cobraré un euro, el precio vendrá después.
– ¿Después? ¿En un segundo trato?
– Sí, lo que diga el libro.
– ¿Intenta decirme que el libro va decir cuánto vale?
– Puede.
– ¿Y si no lo dice? ¿Y si no dice absolutamente nada?
– Pues entonces tendrá un bonito libro por un euro. ¿No es un buen negocio?
– Tenga – Saqué una moneda y se la di.

El vendedor me dio una bolsa de papel marrón para guardarlo.

– Trato hecho, señor – Me dijo.
– Gracias, que le vayan bien el día- Le respondí.
– Hasta la vista- Escuché que me decía cuando ya estaba vuelto de espaldas.

Las semanas siguientes fueron intensas, viajes, reuniones, comidas de trabajo. El libro descansaba olvidado en una de las estanterías del salón. En el amanecer del 20 de mayo comenzó todo. Un ruido seco me sacó de la cama, venía del salón. La luz estaba encendida. En el suelo estaba el libro, abierto por la mitad. En la página derecha una sola palabra:

Pregúntame

Justo en ese momento me desperté. Fui directo a la estantería del salón, todo estaba en orden. Cogí el libro y volví a ojearlo. Hacia el final, en una de las páginas había unos extraños símbolos, alguna escritura antigua, algo que no aprecié el día del mercadillo. Se me fue toda la mañana buscando por Internet. Parecía un juego de palabras con una especie de escritura abjad de origen fenicio, una escritura carente de vocales donde a cada símbolo le corresponde una consonante. Hacia las cinco de la tarde, aún en pijama y sin haber comido, saqué esto:

prdrs l trbj mntrs dscfrs st crtj

Decidí descansar un rato, fui al baño, luego entré en el dormitorio. Allí estaba mi móvil con varias llamadas perdidas y un montón de mensajes. Corrí al ordenador y abrí el correo, varios mails entraron, todos del trabajo. Había estado ausente, aislado de todo, obsesionado en aquellos símbolos. No había ido a trabajar, ni a la vista del juicio de la patente que justo ese día se celebraba. Habían tenido que mandar a un compañero a sustituirme de urgencia. El asunto había ido mal y el cliente pedía mi cabeza. Entonces entendí la frase.

Perderás el trabajo mientras descifras este acertijo

No podía ser cierto lo que me estaba ocurriendo. Me quedé mirando el libro. Después de un buen rato lo cogí y me lo puse en las rodillas. Decidí examinarlo a fondo e intentar encontrar una explicación. Pasé varias páginas de aquel fino papel. Una gota de sangre reventó contra la página en blanco, después otra. Estaba sangrando por la nariz. Me pareció ver unas letras debajo del rojo y extendí con el dedo la sangre sobre el papel. Allí estaba la frase, no hacía falta descifrarla:

Perderás la salud

El maldito libro no predecía mi futuro, lo dictaba. Me llevé las manos a la cabeza y dejé caer el libro al suelo mientras la sangre seguía saliendo y su goteo golpeaba el pantalón de mi pijama.

– Dime, como puedo librarme de ti – Le estaba hablando al libro, era algo que no podía creer. Me sentí ridículo. Puede que esa no fuera la forma apropiada. Busque un lápiz, en la cocina encontré el que uso para anotar las compras. Me tiré al suelo y escribí en la misma hoja manchada de sangre:

¿Qué puedo hacer para cambiar mi futuro?

Tiré el lápiz y me tapé la nariz con un pañuelo de papel, tumbado en el suelo mirando los libros y los discos de mis estanterías. Entonces me vino a la cabeza el librero, él ya sabía todo esto y sabía que volveríamos a vernos. No tenía que preguntar nada, la respuesta siempre había estado en el libro. Lo cogí y busqué. Allí estaba, en la guarda de la contracubierta, escrito a lápiz con letra muy pequeña:

Cuesta de Moyano

Alguien dijo que el futuro no es lo que va a pasar sino lo que vamos a hacer. Lo que yo hice fue coger el libro, subirme al coche e irme a Madrid.

No me fue difícil encontrarlo en la cuesta de los libreros, volvía a ser el último puesto.

– Es complicado hacerse un hueco aquí.- Le dije.
– Tengo mis contactos- Respondió- Llevo tiempo esperándole.
– He estado ocupado- Dije, conteniéndome las ganas de partirle la cara.
– ¿Trae el libro? Tenemos que hacer el segundo trato.
– Sí, dígame como puedo acabar con esto.
– Tendrás que hacer lo mismo que he hecho yo, lo mismo que otros muchos han hecho antes que nosotros durante muchos años. Tienes que comprarme la caseta y vender el libro.
– Dime cuánto quieres.

Me dijo una cifra muy elevada, pero no imposible.

– Es mucho dinero, tendré que vender mi casa, puede que el coche también.
– Nada que los demás no hayamos hecho antes. Elige bien a quien se lo pasas, yo me fijé en tus zapatos, eran zapatos de rico.

Malvendí mis propiedades, a la semana tenía el dinero, se lo entregué metido en un sobre.

– No lo ofrezcas, tienen que elegirlo. Arranca las páginas que has usado y borra lo que yo escribí a lápiz, el próximo lugar debes escogerlo tú- Me dijo después de unos cuantos consejos- ¡Suerte con tu nuevo trabajo!- Me gritó de lejos mientras se iba.

Ahora soy vendedor de libros antiguos, tengo uno muy especial esperando comprador.

Ciudad

Vienen tus amigos a verte y a conocer tu ciudad. Tú estás encantado, por verlos y por enseñarles cosas y que se lo pasen bien. Te los llevas por ahí a pasear, y las calles y los parques por los que pasas no son tus calles y tus parques, porque están tus amigos y ya son distintos. Y la terraza donde te sientas a tomarte la cerveza es otra, porque tiene la sombra de tus amigos en las piedras del suelo. Y los camareros de los bares que frecuentas y los habituales de la barra hablan de otra manera, y son distintas las fachadas de las Iglesias, las esculturas de las plazas y las luces de las farolas. Y tu casa es otra con ellos sentados en el salón o en la cocina.

Luego se montan en el coche y se van por esa avenida que se convierte en la de siempre mientras se alejan. Y te alegras de haberlos visto y de que se hayan divertido, aunque vayan engañados de haber visto tu ciudad. Esa ciudad que vuelve a ser la tuya. Esa que no verán nunca.