Café y sueño.

La noche había sido intensa. Una buena juerga. La gente se fue retirando casi a hurtadillas, sin ganas de despedirse, suele pasar. Como de costumbre acabé de cierra bares, es lo que tiene ser de poco dormir. En esta ocasión me acompañaba como superviviente una amiga, que iba literalmente pegada a mí, con la cabeza en mi hombro y el brazo por mi cintura, por debajo de la camisa, casi tocándome el culo. Presa fácil, pero no esta noche. Ni mi nivel de alcohol ni el suyo iban a permitir muchas proezas, mejor plantarse y ser un caballero; además, era una amiga de las de siempre y de esas ya quedan pocas, hay que cuidarlas.
Llegamos a una parada de taxis, había libres.
– Cariño, aquí te dejo, mañana te llamo- Mentí.
– ¿No subes?
– No, vete tú. Yo debo tener el coche por algún lado, lo buscaré.
– ¿Voy contigo?
– No, no. Mejor que lo busque un solo borracho. En tu estado y con esos taconazos tardaríamos una semana en dar con él.
– ¿Pero sabes donde está?
– Si, todo controlado. Debe estar en un radio de cinco kilómetros.
Se rió. Me gusta que las mujeres se rían, es algo que me puede y no lo entiendo, todas mis desgracias empiezan con una mujer riéndose.
– Bueno, pues entonces te dejo. Llámame mañana- dijo.
– Sí, te lo prometo. Que la Tuna de Ciencias me encule si no lo hago.
Volvió a reírse, volvió a gustarme y volví a pensar lo mismo.
Ahora ponte a buscar el coche- musité.
Decidí cortar por el centro. Crucé Beatas, ya desangelada. Mi orientación, de por sí penosa, estaba anulada por la ginebra. Pasé al lado de la tienda de subastas, un dragón chino me sonrió burlón; Clandestino quedó a un lado; pasé por Cinco Bolas, atravesé el estrecho callejón que cruza el Museo Thyssen. Vi una iglesia y una plaza. Vi una librería y una fuente. Iba completamente perdido. Las calles eran cada vez más estrechas, o a mí me parecían más estrechas. Llegué a una plazoleta que jamás había visto. Un local tenía la luz encendida. Me asomé. Era agradable, olía a café, entré.
– Buenos días- Me dijo el camarero, y en ese momento reparé en que ya había amanecido.
– Buenos días.
– ¿Qué quiere tomar?
– Eh…un café.
El tipo se sonrió y me dijo:
– Verá, señor. Este es un establecimiento especializado en cafés. Árabes, colombianos, brasileños, jamaicanos, asiáticos…- hizo una pausa y luego dijo con un tono algo enigmático- y también están los especiales. ¿Cuál prefiere?
– Bueno, es difícil, póngame uno que me quite el sueño- Dije intentado ser amable, pero con ganas de zanjar su parrafada.
– Por supuesto, señor. ¿Qué sueño?
– ¿Cómo?
– ¿Qué sueño desea quitarse?
– No le entiendo- Le dije.
– Como ya le he dicho, somos especialistas. Le pregunto si desea quitarse el sueño en general o algún sueño en particular.
– Está usted bromeando- Le dije, poniéndome todo lo serio que mi estado etílico me permitía.
– En absoluto. Puede usted elegir entre un simple café que le impida dormir; un burdo café que le quite todo sueño posible, para despertar como después de la nada más absoluta; o puede atreverse a pedirme algo más exquisito. Hay clientes que beben café para quitarse los sueños de grandeza, o de eterna juventud, o de riqueza. Otros desean no soñar con aquellos que ya se han ido. O los más difíciles, los que no quieren soñar con amores perdidos a los siguen deseando.
– No se que decir, es la primera vez que oigo esto.
– Bueno, no es que seamos los primeros, es que somos los únicos. A veces he estado horas y horas preparando la mezcla exacta que quita el sueño de andar desnudo por la calle, o el de volar. Esos son cafés complicados.
En ese momento nos interrumpió un señor que se iba:
– Hasta mañana.
– Hasta mañana Don Eduardo, que pase un buen día.
Don Eduardo- continuó- es un habitual de esta casa. Siempre se toma un café que le quita el sueño de la muerte. Bueno, señor, le veo muy cansado, creo que dentro de poco estará durmiendo, ¿Qué desea no soñar?
– No tengo ni idea, estoy perdido, mi coche está en algún sitio de esta ciudad, he dejado que una tía estupenda se vaya en taxi cuando quería llevármela a la cama y tengo un dolor de cabeza del tamaño de la Catedral. ¿Qué me recomienda?
– Es algo muy personal, debe decidir usted.
– Bien…eh…no estoy en condiciones de pensar, póngame un café colombiano y una copa de aguardiente. Otro día seré más exquisito.
– Claro señor, otro día.

Tardé cerca de una hora en encontrar el coche, dormí todo el día. A la mañana siguiente busqué en vano el bar, no recordaba su nombre, si es que lo tenía, no encontré ni la plaza. Nadie parecía conocer el lugar, nadie había oído hablar de él. Yo sé que no fue un sueño; eso pienso mientras aprieto con la mano, dentro del bolsillo del abrigo, la cucharilla del café.

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1 – 0

Siempre hago el mismo camino para ir al trabajo, pero recuerdo que aquel día torcí una bocacalle antes de la habitual, y me llegué al bar de Manolo para sacar tabaco de la máquina. En la puerta del bar, con un botellín de cerveza en la mano, la espalda y el pie apoyados en la pared, estaba Gerardo.

Hacía mucho tiempo que no veía a Gerardo, fuimos compañeros del colegio. Mal estudiante y algo bala perdida, se le adivinaba el porvenir desde muy pronto. Dejó preñada a la novia, con la que se casó y a la que abandonó al poco tiempo, pasando por completo de ella y de su hija. Un tipo sin oficio ni beneficio, que malvivía de trabajos temporales y de darle la murga a una hermana mayor, viuda, que vivía en un pueblo cercano.

– “¿Hombre tío, que pasa, cuanto tiempo eh?” – Dijo, alargando mucho la “eh”, y aunque me reconoció evitó mi nombre, posiblemente ni se acordaba. Me sentía incómodo por tener que hablar con alguien a quien no tenía nada que decir.

– “Hola Gerardo, me alegro de verte, ¿como te va?”

– “Bien tío, bien. Tirando.”

– “Joder, estás hecho todo un machote, tan temprano y ya de cervecitas”- Dije, por decir algo.

– “Si” – Dijo riéndose- “Es que estoy jugando un ratito, me gusta jugar un ratito por las mañanas.”

– “¿Jugando?, ¿Has estado jugando a las máquinas?”

– “No tío, eso cuesta dinero, yo me salgo aquí a la calle y juego un ratito a la mujeres follables.”

– “¿Cómo?, ¿Has dicho mujeres follables?”

– “Sí, tío” – Rió nuevamente – “¿Esta chulo eh?. Tu te pones aquí, y esperas a que pasen las tías. Todas no valen. Las niñas, las viejas, las subnormales, las lisiadas…en fin, ya sabes, esas no. Solo cuentan las tías normales. Entonces la miras bien y si piensas: “Joder yo a esta me la follaba”, pues el marcador se pone uno a cero, las follables juegan en casa” – se reía continuamente explicándome su juego – “Que luego pasa otra muy fea o con un cuerpo de mierda, pues uno a uno. Es muy divertido tío.”

– “Coño Gerardo, tu te diviertes con unas cosas…”

– “¿A que si? Y luego cuando ya te hartas pues revisas el marcador a ver quien ha ganado, si las follables o las otras. Es como el fútbol pero con tías.”

Dejó de hablar un momento mientras miraba para otro lado y de repente exclamó:

– “¡Mira aquella que va por ahí!, Joder que tía. ¡Uno a cero!”

– “Gerardo, ¿No sabes quien esa joven? Creo que es tu hija, tío.”- Mentí, yo tampoco sabía quien era, simplemente se parecía, pero reconozco que a veces soy bastante cabrón.

– Joder, pues si que ha crecido la hija puta.

Se quedó mirándome fijamente, aunque probablemente ya no me veía. Estuvimos un buen rato en silencio, hasta que se terminó la cerveza de un trago. Entonces nos dijimos adiós y se metió en el bar. Cuando llegué a la oficina pensé que la recepcionista era un “uno a cero”. No he vuelto a verlo desde entonces.

Australia

Australia, yo quiero ir a Australia, yo quiero ir a Australia, ahora mismo, a Australia.
Porque está muy lejos, realmente lejos, Australia. Porque todas las cosas venenosas,
peligrosas, picajosas están allí, en Australia. El outback, que es como llaman los de
Australia a su imponente desierto, que es todo el continente menos la costa, está
plagado de matas pinchantes e infecciosas. Las medusas cofre, el bicho más venenoso
del mundo, comparte playa con los bañistas en Australia. Y Sidney, y Canberra y
Melbourne y Perth y Brisbane y Darwin, todas llenas de parques y jardines y gente
maravillosa y simpática y cervecera. Yo quiero ir a Australia. Y coger el tren que
recorre todo el sur, y visitar la gran barrera de arrecifes, que llega hasta el cabo York, y
que es el organismo vivo más grande de la Tierra. Australia, donde su Presidente va a
darse un bañito y lo arrastra una corriente marina y no lo vuelven a ver más. Australia,
tan grande y tan imponente que pasan a su lado y no la ven y descubren la puta
Tasmania antes, hay que ser miope. Quiero ir, quiero ir, quiero ir a Australia. Donde se
mueren de dengue varias docenas de personas y sale como noticia en la contraportada
de los periódicos; donde se encuentran los organismos vivos más antiguos de la Tierra,
esas chimeneas submarinas que hicieron posible que el planeta se llenara de oxigeno,
burbuja a burbuja, durante millones de años, y vas allí y las ves, en Australia. La isla
más extensa, Australia. El Uluru, ese impresionante monolito con propiedades mágicas
para sus aborígenes, a los que pertenece. Australia, única, el 80% de su flora y su fauna
no existe en ningún sitio más que en Australia. Enorme y vacía, con sus 20 millones de
habitantes poblando un territorio hostil y lleno de vida. Australia, con sus ciudades
limpias, sus políticos malhablados, su café caliente y su cerveza helada al borde de la
playa, donde los conos de la arena te quitan la vida si los tocas. Yo quiero ir a Australia,
yo quiero ir a Australia, yo quiero ir a Australia, varias veces, a Australia, sí.

MAPA DE AUSENCIAS

Creemos que elegimos nuestros itinerarios para ir al trabajo, o a las casas de amigos y
familiares, siguiendo un simple recorrido lógico de calles o de autobuses. Pero no es así.
Solo hace falta que te desvíes un día de ese camino, bien porque acompañas a un amigo
o porque vas a sacar tabaco, para darte cuenta de que la verdadera razón que late bajo la
apariencia del camino más corto son las ausencias.

Pasarás delante de esa casa que tan mal recuerdo te trae, o de la tienda donde juraste
nunca más entrar; te toparás de frente con tu ex pareja, o con su madre; o con el
conocido cuyo nombre no recuerdas y no sabes si pararte o no, y harás un movimiento
impreciso y estúpido delante de él, sin acertar; o te detendrás delante del bar donde
fuiste cruel con alguien que antes te quería. Volverás a oler alcantarillas ya olvidadas, y
tal vez aromas de flores o de comidas que te transportan a otra época y que, tras una
leve alegría de años frescos, te dan un pellizco incómodo en el alma. Mirarás de soslayo
una esquina donde hiciste una promesa rota y más adelante, quizás, otra donde el
traicionado fuiste tú.

Y entonces comprendes porqué no pasas nunca por ahí, porqué evitas esas aceras y
porqué protegiste tu camino con la seguridad de todas sus ausencias, andando por calles ausentes de barrios ausentes; y cuando llegas a tu casa y te tumbas en el sofá y pones la tele, te quedas como el rumbo que íntima y secretamente elegiste, ausente.