RETRATO

Ya estaba acabado, al fin. Había preparado laboriosamente la madera, enluciéndola varias veces con creta y cola. Sobre el débil esbozo a carbón, sellado con barniz, aplicó el óleo en esfumato, diluido en aceite esencial, lentamente, eligiendo con cuidado los colores y sus tonos, difuminando los perfiles, imprimiéndole al motivo una atmósfera mágica, azulando el paisaje y desdibujando con paciencia las figuras lejanas, hasta perderlas en el horizonte, como si pudiera pintarse el aire, como si pudiera atraparlo y dejarlo allí, para siempre, quieto, como el aliento contenido de los amantes cuando se miran de cerca sin necesidad de hablarse. Ocre quemado en las sombras, amarillo en los pómulos y bermellón en blanco de plomo para todo su rostro.

Los dos planos estaban definidos y envueltos en una luz sombría que jugaba con su pelo, se introducía en las transparencias de su velo, resbalaba por el rostro y llegaba hasta las manos, donde meticulosamente se empeñó con el albayalde y los verdes, hasta hacer latir las venas debajo de la piel.

Agotado, dio dos pasos hacia atrás para coger perspectiva. Contempló a la modelo por encima del caballete, serenamente risueña a pesar de las horas de posado. Después de tantas sesiones, después de tanto esfuerzo, allí estaba su obra, imperfecta. Sin apenas más vida de la que tenía tiempo atrás, cuando sólo era una tabla de madera de álamo. Suspiró abatido, y con un hilo de voz, casi implorando, preguntó a la pintura: “¿Por qué no tienes alma?”. Miró fijamente a la modelo, perdiendo la noción del tiempo, hasta que una voz lo sacó de su ensoñación:

– ¿Maestro?…¿Maestro?…

– ¿Sí?…

– ¿Leonardo? ¿Os encontráis bien? Me estabais mirando como si no me hubieseis visto nunca – Dijo ella algo preocupada- como si ocultase un misterio o guardase un secreto.

Entonces lo comprendió todo, se acercó al retrato, dirigió el pincel hacía el rostro y, con infinita delicadeza, le retocó la sonrisa.

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Cárcel de Dioses

No vienen por aquí. No los he visto nunca salir y acercarse a nosotros. Si vinieran con sus niños sería divertido, jugaría con ellos al fútbol, o con los trompos y las gomas de los neumáticos; en el vertedero también se puede jugar a las escondidas aunque no se si sus papás los dejarían, o podríamos bañarnos en la playa y yo atraparía peces y se los daría, o aprenderían como se pescan.

A veces voy a verlos, con Julio y con María. Hay verjas y alambradas, pero sabemos por donde entrar sin que nos sorprendan. Muy despacio nos acercamos y nos quedamos agachados al lado de donde ellos comen, en unas terrazas de madera con ramaje y sombrillas, sobre la orilla. Los esperamos abajo, en la arena, tan cerca que podemos tocar las patas de las sillas, y cuando están sentados levantamos las manos. Algunos nos dan un dólar, otros un euro, o un billete de cincuenta pesos. Yo les digo que están en Quisqueya, pero no me entienden.

Cuando volvemos al pueblo mi padre se enfada porque he estado allí, pero yo sé que le gusta porque siempre cuenta el dinero y se alegra, y se pone cariñoso con mi madre y yo me salgo a la calle mientras.

Desde la colina se les ve muy bien. El sitio es enorme, lleno de palmeras y piscinas y edificios. Les gusta montar en lanchas y bucear, en una zona cerrada con redes y boyas. A mí me resulta muy raro ver cercado el mar. Por las noches se escucha música y voces hasta muy tarde, pero a mí no me molesta. Me imagino jugando con los otros niños, nos perseguimos entre la gente y nos escondemos debajo de las mesas y bailamos imitando a los mayores y nos reímos mucho, y así estoy hasta que me duermo.

No sé para qué tienen tantas cosas, ni para qué las quieren si no se mueven de allí. A veces creo que no pueden salir, y que por eso los marcan a todos con unas pulseras de colores, para identificarlos; igual pitan si se escapan y van y los detienen. Aunque sonrían mucho, y aunque parezcan felices, eso es lo que pienso, que están en una cárcel, y que por eso no vienen a conocernos, que por eso no salen los niños a jugar con nosotros, porque no pueden, porque están presos.

Dos segundos de cielo

El día de mi muerte lucía un sol radiante. Un día magnífico. Ni una nube y un cielo azul intenso, de los que casi duele mirar. La vista desde aquí arriba era bella, impresionante. La torre de la Catedral a mi lado, muy cerca. Al fondo, el puerto. Abajo un enjambre de calles bulliciosas de gente y de coches. En la terraza de un hotel cercano una pareja tomaba el sol al lado de la piscina, leyendo un libro.

La última vez que la vi estaba ya subida en el coche. Bajó la ventanilla y me llamó.

– Dime preciosa ¿Qué quieres? – Dije, asomándome a la puerta de la calle.
– Nada. Quédate ahí. Déjame verte.
– ¿Ya?- Sonreí.
– Sí, son mis dos segundos de cielo.

Después subió la ventanilla, dio marcha atrás hasta salir a la calle principal y desapareció para siempre. De Tráfico me llamaron a la hora de comer, no voy a dar los detalles de algo que sucede todos los días. Las cosas pasan, casi siempre a otros y a veces a ti, simplemente.

Un barco crucero enorme se acercaba lentamente al puerto. Pensé que cuando llegara a atracar yo ya no existiría, y eso no me produjo alegría ni tristeza, ya estaba emocionalmente muerto desde mucho antes. El aire era limpio y fresco. La brisa en la cara me recordaba que aún seguía vivo. Pensé en ella, alejándose sonriendo a través del parabrisas. Di un paso y salté, así de sencillo.

Fue rápido y letal, apenas sufrí. Unos dos segundos de cielo y veinte metros de caída.