EXNOVIA

Mi exnovia era maravillosa. Culta, amable, sensible, cariñosa, generosa, buena conversadora. Pasaba de Britten a Gershwin sin despeinarse, hacia chistes del Circulo de Viena, se ponía seria disertando sobre la escuela Keynesiana, cantaba rancheras como ninguna y me hacia unas cositas en la cama de las que aún conservo como regalo una eterna sonrisa bobalicona.

Un triste día, ya acostados, me dijo:

– Cielo, ya llevamos casi 10 meses juntos. Quiero que conozcas a mis padres.

– Claro cariño, será un placer, cuando tú quieras.

– Mis padres son algo…peculiares ¿sabes? Mi mamá…

– Nena, tienen una hija como tú, no pueden ser normales, ni tu papá ni tu mamá

– Nene, por nada del mundo, por nada, ni aunque aparezca de los abismos infernales una lamia y te mordisquee los huevos, le digas a mi madre mamá. ¿Vale?

– Vale…- Le dije aparentando normalidad, apagamos la luz y nos quedamos dormidos.

Al fin de semana siguiente, a mediodía, llegamos a casa de sus padres. Llamamos al timbre y abrió su madre. Una señora vestida y maquillada como para recoger los Oscar. Para la perfección absoluta sólo le faltaba un post-it en la frente que pusiera “recién pintada”.

– ¡Ooooh mi niña! ¡Ven aquí princesita mía!

– Mami, quiero presentarte a Jose, mi novio – Dijo mi nena señalándome con orgullo.

– Claro preciosa, ¿Y dónde está? – Dijo su madre mirando a través de mí.

– Mamá…es este…

– ¿Este? Pero si tiene la elegancia de un lactobacilo…¿Sabe leer y escribir?

– Mamá, es abogado

– ¿Abogado? Joder con la universidad pública…pensaba que sólo becaban a los pobres con buen aspecto.

– Eeeh…señora…encantado de conocerla, tiene usted una hija maravillosa- Dije intentado zanjar el asunto.

– Sí que la tengo. Mira Pepe…

– Jose…

– Mira…tú, estamos a punto de sentarnos a comer. Puedes tumbarte mientras en la manta del perro. Luego a los postres mi hijo te traerá una escudilla con sopa fría.

– ¡Mamá! ¡Ya está bien!- Gritó mi ex.

– Vale nena, sólo bromeaba…pasad- Dijo su madre dando arcadas mientras me miraba.

Entramos a su casa. En el pasillo, quieto, con las piernas abiertas y mirando al techo, había un ser humano en calzoncillos, con patas de pollos enredadas en la cabeza.

– ¡Hombre, tu debes ser el novio! Perdona mi aspecto, no me ha dado tiempo a vestirme. Estaba con mi tratamiento capilar.- Me dijo riéndose.

– Me alegro de conocerlo señor. Algún día tiene que darme ese remedio para el pelo- Dije intentando ser amable.

– No.

– ¿Qué?

– No. Es secreto, no te lo daré.

– Eh…vale…no es necesario, lo decía por…

– ¿Tú eres el que se cepilla a mi hijita?- Dijo interrumpiéndome.

– Eh…bueno…

– ¿No te la cepillas?

– Verá, señor…

– ¿Eres maricón?

– ¡No! no…

– ¿No eres maricón y no te las cepillas? ¿Ya la estás engañando con otras? ¿No puedes esperarte a estar casado como todo el mundo?

– No, no me he explicado bien… – Dije tartamudeando.

– Claro que si chaval, te has explicado perfectamente, has dicho que tu pistolita no dispara en la dirección adecuada.- Y se quedó otra vez mirando al techo. Me disponía a seguir diciendo monosílabos sin sentido cuando una mole de al menos dos metros quince se alzó por encima de las patas de pollo de mi exsuegro, dejándome extasiado.

– ¡Cariñín!- Dijo mi cielo- ¡Este es mi hermanito!

Su hermanito era un autobús de dos plantas, con más pelo en el cuerpo que una oveja merina y una camiseta seis tallas más pequeña que ponía “Yo también como carne humana”.  Gruñó un sonido escalofriante, parecido a:

– ¿Te gusta Iron Maiden?

– Eeeeeh, sí- afirmé babeando ante semejante visión apocalíptica.

– Toma, te lo regalo- dijo el prehumano, dándome un cedé donde, escrito con su propia sangre, ponía “El número de la bestia”. Escuché un sonido desagradable y al levantar la mirada el armario de tres puertas, ilógicamente enlazado con mi amorcito en segundo grado de consaguinidad, estaba comiéndose un cedé auténtico de los Iron Maiden. Justo cuando iba a mearme encima mi media naranja gritó:

– ¡Cariño! ¡Sorpresa!

– Uuuh- Acerté a pronunciar.

– ¡El viaje a Venecia! ¡El que vamos a hacer tú yo este verano! ¡Mamá se apunta con nosotros! ¿A qué es fantástico?

– ¿Mamá?- Se me ocurrió decir.

Entonces se detuvo el tiempo, se paro el reloj del salón, estallaron las copas de la mesa sin motivo aparente, desapareció del pasillo la enorme bola peluda, se le cayeron a mi exsuegro las patas de pollo de la cabeza y mi amorcito se puso blanca. Su madre adquirió ante mis espantados ojos la dulzura de un zombie. Se acercó caminando como una hiena y, a dos centímetros de mi cara, llenándome las gafas de gotitas de saliva, clavó en mis oídos, con una voz que haría parecer eunuco a Tom Waits, una pregunta simple y envenenada:

– ¿Me has llamado mamá?

Mi sistema nervioso no aguantó más. Di un grito horripilante y salté por la ventana del salón haciendo añicos los cristales. Por suerte era un primero. Reboté en el toldo de la frutería de abajo y caí en las cajas de verduras. Salí huyendo con dos pepinos metidos en los pantalones y algunos rasguños. Corrí hasta gastar los zapatos, tiré el móvil a un río. Cambié de trabajo. Cambié de ciudad. No he vuelto a saber nada de ella.  Ahora cuando una nena me gusta lo primero que le pregunto es: ¿Eres huérfana?

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LOVE VIGILANTES

El día que me gané la vuelta a casa fue un día muy extraño. Veníamos de inspeccionar la carretera que une Qala-i-Nao y Sang-Atesh. Éramos los primeros de un convoy de más de veinte vehículos. Nadie quería ir el primero, ni nadie el último, pero alguien tenía que hacerlo. Ese día me tocó a mí. Todavía faltaba más de una hora para que el sol se pusiera. No habíamos tenido ningún incidente y los del ejército nacional habían hecho bien sus deberes. Bromeaba con Luis, el conductor, acerca de qué mierda nos estaría esperando para comer. Luis tenía la teoría de que si nos comíamos todo lo que ponían en la base se nos acabaría cayendo la polla, de modo que le gustaba trapichear con los afganos y los italianos cualquier cosa comestible. Nos reíamos mucho con eso.

Subíamos una suave pendiente después de una curva cerrada que daba paso a una larga recta. La visibilidad era buena. Roberto, el más veterano del grupo, iba sentado atrás, con un solo auricular en su oído derecho escuchaba música mascando chicle. ¿Qué estás oyendo ahora, Ro?- Le pregunté. Escucho a los New Order, tío. Love vigilantes, una canción de puta madre- Me dijo. Sí, es muy buena Ro, pero tiene una letra muy triste- Le respondí. Yo no sé inglés tío, me importa una mierda la letra- Dijo y nos reímos todos. Alfredo, al lado de Roberto, repetía en voz baja el único pensamiento que lo mantenía animado en este jodido desierto, una y otra vez, como una letanía: “Sólo dos meses, sólo dos meses”. Luis se volvió para decirle algo. Entonces sucedió.

La carretera voló por los aires unos diez metros delante de nosotros. El estruendo me dejó sordo durante unos segundos. Después oí el silbido de las balas, rozándonos, los golpes secos de los proyectiles en la chapa del blindado y los cascotes de asfalto cayendo alrededor. Alfredo tiraba de mi brazo para sacarme del asiento, rodé y caí a la carretera. Luis estaba sin vida, echado sobre el volante. Nos parapetamos detrás del blindado, no estábamos muy lejos de la base, se supone que los helicópteros de los italianos no tardarían en llegar si alguien podía avisarlos. El blindado que venía siguiéndonos estaba en llamas, le habían dado de lleno, no creo que nadie saliera de él. El humo me impedía ver más allá, no se qué suerte correrían los otros. Luego escuché los silbidos de las granadas, y esas sí que cayeron cerca…tan cerca que las vi. Explosión. Fundido a negro.

El día que regresé a mi casa las cosas no salieron como yo esperaba. Me detuve a unos metros de la puerta, en la otra acera. Desde el ataque en Afganistán tenía problemas de memoria. Sé que estuve en tinieblas mucho tiempo. Sé que mis compañeros murieron. Sé que oí voces, que estuve muy grave, crítico, qué dijeron de enviarme a España. Sé que volé hasta Málaga, hasta mi casa. Y sé que haciendo un inmenso esfuerzo no recuerdo mucho más de todo aquello, que se ha quedado en mi interior como una lejana y confusa nube de Oort.

Empezaba a anochecer. Crucé la calle y llamé. La puerta estaba abierta. Pensé en una fiesta sorpresa, en una cálida bienvenida, pero nadie me esperaba. No estaban mis hijos, ni mis padres. No estaban mis hermanos, ni mis amigos. Entré hasta el dormitorio y vi a mi mujer tumbada en la cama, durmiendo, con los ojos hinchados y húmedos de llorar. En la mesita había un frasco de Diazepan, una botella de agua y pañuelos de papel. Entre los pañuelos, arrugada pero legible, había una carta de Defensa. Decía que yo era un buen soldado, un hombre valiente, que había ayudado a realizar una labor humanitaria. También decía que había sido condecorado, y que estaba muerto.