Claro que me acuerdo.

Me acuerdo de un verano infinito, años después supe que duró lo mismo que todos los veranos.

Me acuerdo de una piedra lisa y dorada en la playa del Peñón del Cuervo. La tiré al agua y rebotó cinco veces antes de hundirse.

Me acuerdo de una noche de estudio, amigos y café. Discutimos por Kant y se nos atragantó Hegel. Al día siguiente aprobé el examen, era de Física.

Me acuerdo de la sangre de un hombre en mi camisa. Alguien lo había golpeado con furia y un hilo rojo saltó de su boca. Supe que jamás le pegaría a nadie.

Me acuerdo de una biblioteca vacía, de horas de estudio, levantaba la cabeza y sólo veía letras. Una chica con una felpa negra iba siempre a la misma hora. Nos miramos muchas veces, nunca hablé con ella.

Me acuerdo de un bar en una callejuela del centro de Málaga. Desperté con una cucharilla de café en la mano, por eso sé que esa noche no fue un sueño.

Me acuerdo del barro en mis botas un domingo gris en el cementerio, y me gustaría no acordarme.

Me acuerdo del sonido de una radio entrando por la ventana abierta de una noche de verano, reconocimos la melodía y la cantamos en voz baja.

Me acuerdo de tu cuerpo desnudo, de pie al lado de la cama, sonriendo y temblando de deseo. Se puede ser más rico, pero no más feliz.

Me acuerdo de un amanecer en un castillo árabe. Bebíamos de la misma botella. Cuando salió el sol nos abrazamos y fumamos a medias el último cigarro que nos quedaba. Después te fuiste de España.

Me acuerdo del afecto de un profesor amigo y de su abrazo en el hospital. Él estaba más entero que yo. Me avergoncé de mí en ese momento. Me acuerdo y lo sigo haciendo. Hay lecciones infinitas.

Me acuerdo de mi primera guitarra, era barata y estaba rota. Sufrió excursiones y autobuses. Muchos besos los consiguió ella.

Me acuerdo de mí hace veinte años, pensando en mí dentro de veinte años. Se puede viajar en el tiempo, basta con oir a Mozart.

Me acuerdo de una puesta de sol en el Paseo de Apodaca, la luz adquirió un tono mágico.
Me acuerdo de una despedida en el aeropuerto. Nunca un beso fue tan triste, su imagen aún me asalta y me desarma sin piedad, cuando menos me lo espero.

Me acuerdo de un patio andaluz de macetas y jazmines. Los gorriones se paraban en la mesa, ajenos a nuestra conversación.

Me acuerdo del sabor de la última cerveza en un bar de carretera. Recogiste con el dedo una gota de agua de mi botella helada. “Nos evaporaremos, algún día olvidaremos todo” susurraste. Me la llevé, la tengo aquí, al lado del ordenador.

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