Beso de cine.

Un día terrible. No. TERRIBLE, con mayúsculas. Por la mañana me despidieron por causas objetivas: No les caía bien. Por la tarde me dejó mi chica. No es nada personal, quiero a otro, me dijo. Pues sí que va a ser personal, le respondí. ¿Ves? No entiendes nada, no puedo contigo, replicó. La dejé mirando al suelo con su impersonal manera de darme billete al purgatorio de los capullos enamorados y no correspondidos. Me fui a mi bar. Sebas, amigo mío, ponme un Johnnie Walker Blues; como la canción de Los Secretos, quiero beber hasta perder el control.

Llegué a mi casa de noche, me derrumbé en el sofá. En la TCM una chica en blanco y negro lloraba porque su novio, un tipo honrado, debía hacer algo sucio en el trabajo para mantener a su familia. Pensé que todos cargamos nuestra propia cruz. Me dormí. Soñé con sótanos húmedos y almas vendidas, soñé con una plaza llena de gente que aplastaba palomas al andar.

Cuando desperté, un coche antiguo se alejaba por un camino polvoriento. Dentro de él, dos mujeres. Una se quitaba la pamela mientras la otra le preguntaba “Dime, Dennie ¿Sigues enamorada de él?” Por toda respuesta, se quedó pensativa mirando a la nada con unos hermosos ojazos negros y una triste y apenas esbozada sonrisa, a la manera de La Gioconda. Entonces me advirtió, y dijo:

– ¿Me oyes?

– ¿Yo?

– Si, tú. Ven, acércate.

Me senté al lado del televisor, temblando, pero no de miedo.

– Cariño, da igual lo que pase ¿entiendes? Yo siempre estaré aquí, a tu lado. Ven, dame tus labios.

– Sí… – Respondí.

Me pegué a la pantalla, cerré los ojos, que ahora lloraban, y muy despacio, Natalie Wood me dio un beso de cine.

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Concierto.

Me voy de concierto, a un garito que me ha recomendado mi amigo Miles. No sé por qué le hago caso. La última vez que fui a una movida de las suyas, un tipo ataviado con unas orejas de conejo gigantes aporreaba una guitarra como si Montoro estuviera dentro, al tiempo que se retorcía en episodios paroxísticos parecidos a cuando te da un ataque de rabia. Después saltó del escenario e intento morderme.

– No le has pillado el significado, Colt.
– Miles, no se si he estado en un concierto o en un rodaje de The Walking Dead, vete a la mierda.

El caso es que me dejé convencer. Un local enfocado a la música como un nuevo medio de expresión, libre de las convenciones armónicas y de la estética dominante que esclaviza a los verdaderos creadores, eso es lo que Miles me dijo. Arte moderno. Gente en la onda, ya sabéis, manifestaciones de creatividad transversales, enfoques multidisciplinares desde la independencia del autor y todo eso, hay que estar al loro de las vanguardias.

Llego a las nueve. El barrio es de los de solera, muy famoso; aparece todas las semanas en la sección de sucesos de El Mundo. En la barra del local un tipo se me queda mirando.

– Vaya barrio, colega – le digo, para romper el hielo – ¿A quienes tenéis de vecinos? ¿A la familia Manson?
– Es un sitio tranquilo, tío – me responde.
– Sí, es muy tranquilizador ese coche que tenéis justo delante, sin ruedas y descansando sobre cuatro cajas de fruta.
– En este local no ha pasado nada en los últimos seis meses.
– Genial, pero será pura casualidad, no creo que haya venido una representación diplomática de la chusma a firmar un tratado, vamos.

El tipo levanta la cabeza con cara de pocos amigos. Cambio de tema.
– ¿Dónde es el concierto?
– Arriba.
– ¿Cuánto cuesta?
– Es gratis.
– Ah, subo entonces.
– Subir vale diez euros.
– Pero si me has dicho que es gratis.
– El concierto es gratis, lo que vale diez euros es la entrada.
– Entonces no es gratis.
– No pillas la intención.
– ¿Qué intención? Oye ¿esas pastillas que te acabas de tomar no son para la tensión, verdad?
– Gratis es un concepto relativo, tío, como el aire, como el ser, como el sexo, como el arte, y todo el arte lo es per se.

Mientras oigo la parrafada mierdofilosófica del drogado, sacó diez pavos y pago/no pago la entrada, acordándome de la madre de Miles.
– ¿Cómo se llama el grupo?
– Evacuación.
– ¿Qué???
– Evacuación – me repite en un susurro, mirándome como si me estuviera desvelando la fórmula de la coca cola – ¿Lo pillas?
– Digamos que me inquieta un poco – Le respondo mientras pienso en algo físico que prefiero no describir.
– No pillas la idea, tío.

Subo las escaleras, arriba hay poca luz, una pequeña barra a un lado y un escenario al fondo. Me pido una cerveza y me clavan otros diez pavos, aunque me insisten en que la cerveza es gratis y que no pillo el fondo del asunto. Me aparto de allí antes de que la camarera, vestida como una Heidi politoxicómana, empiece a machacarme con la mierda de la relatividad.

Habrá como unas cincuenta personas delante del escenario y decido quedarme atrás en la barra, junto a la salida. Todos lucen tan fashion y sofisticados que Andy Warhol aquí parecería el hermano cateto de Paco Martínez Soria. De modo que imaginaros lo que podría parecer yo. Una chavala con traje ajustado de látex negro y una capa de leopardo se me acerca elevada sobre unos tacones de los que se venden junto con un andamio para poder ponértelos; antes de que le diga que el sadomaso no me pone, me pregunta:
– ¿Los has visto antes?
– No, pero son enormes… jooooder…
– El grupo…
– Eh, no, y mira que les tenía ganas… – le miento.
– Son… transustanciales… – me dice, poniendo los ojos en blanco.
– Qué bien ¿Y hay punteos?
– Tienen un halo de manifestación… transcultural… – Sigue diciendo, pasando de mi pregunta.
– Vaya, lo siento ¿Todos o sólo el cantante? Una amiga mía tenía algo parecido y le mandaron paracetamol con codeína – Digo, tratando de ser amable.
– Son… trans… trans…
– ¿Transformers? – Le suelto, a ver si lo adivino.
– No pillas el concepto, chaval – Me suelta mientras se aleja.

Se ve que hoy es mi día de no pillar nada. Se apagan las luces y se hace el silencio. Un foco ilumina el escenario. Salen cuatro tipos de unos ciento cuarenta kilos cada uno, vestidos con largos impermeables amarillos. Uno de ellos coge una Les Paul, creo que va a colgársela, pero en vez de eso se la lleva a la boca y la parte por el mástil de un bocado. Otro se acerca al piano, lo agarra por lo extremos y le suelta un cabezazo descomunal, un montón de teclas salen volando por encima del público. Aplausos. “¡Transbrutal!” corea la peña. Entonces los cuatro limones del Caribe se acercan a los micros y empiezan a chillar de manera pavorosa, como si los estuvieran operando de las tripas con un sacacorchos. Se paran de golpe, y al segundo gritan todos a la vez: ¡Fueeeeeeegoooooooooooo!

Desbandada. La gente se vuelve hacía la salida y huye a toda pastilla, incluyendo los cuatro mastodontes, rompiendo todo lo que queda a su paso. A mí no me da tiempo a volverme, me pasan por encima pegando alaridos. Una mole amarilla me pisotea entero. Intento levantarme pero me quedo haciendo círculos en el suelo como los muñecos de cuerda cuando vuelcan. Bajo reptando las escaleras. Ya no queda nadie, salvo el loco de la barra. En la calle se oye jaleo y risas, lo están celebrando bien.

– Has sentido el arte, tío, lo has vivido, has formado parte de él en una perfecta comunión del caos – Me dice, arrastrando la lengua, desde el planeta Colocón.
– Evacuación…
– Es un símbolo, tío, son buenos de verdad, han transmutado con el público.
– Habrá que transjoderse…
– No pillas el vínculo creativo del arte moderno, tío.

Consigo levantarme. Llego a mi casa. Me quito los cristales rotos. Llamo a Miles.
– Hola, Colt ¿Cómo te ha ido? ¿Era bueno el grupo?
– Genial, tienes que ir a verlos, actúan de nuevo la semana que viene.
– Claro, no me los pierdo.
– Por cierto, el alcohol allí es carísimo, tío.
– Vaya…
– Sí, llévate un montón de botellitas de ginebra de esas pequeñas de cristal, como las del AVE, y te las metes bien en los huevos, que no te las vean.
– Buena idea, Colt, lo haré.
– Ah, y quédate por la barra, es donde mejor se oye.
– Genial tío ¿Te gustó entonces?
– Sí, ya verás, va a ser una experiencia transexual.
– ¿Qué?
– Nada, Miles, yo me entiendo.

Transcuelgo.

Me gusta mucho su taxi

El mismo trayecto, cinco veces a la semana, de lunes a viernes, salvo días festivos, ida a las ocho y vuelta a las cuatro y media, desde hace un año. Siempre la misma conversación, como de nuevas, como si cada día fuera el primero.

– Hola joven.
– Buenos días, le ayudo a subir.
– ¿Me subo?
– Sí.
– ¿Dónde vamos?
– No se preocupe, yo lo llevo.
– Me gusta mucho su taxi.
– Gracias.

Cuando lo recojo por la tarde el protocolo se repite.

– ¿Me subo?
– Claro, yo lo llevo a su casa, sin problema.
– A mi casa.
– Sí.
– Me gusta mucho su taxi.
– Gracias.
– Es muy bonito.
– Gracias.

Mi mujer no lo lleva nada bien, anda molesta porque no pido ni los gastos, que de bueno soy tonto, y me veo obligado a pedir permisos en el trabajo y ayudo menos en casa. No lo entiende.

Algunas veces no hay nadie cuando lo llevo a su domicilio, como tengo llave yo mismo abro y lo ayudo a entrar, lo siento en su sillón y me espero, hasta la cena si hace falta.

Y así de lunes a viernes, un año ya, de su casa a la Unidad de Estancia Diurna para Enfermos de Alzheimer, y viceversa. Su deterioro es rápido, no le quedan muchos viajes, y cuando todo esto acabe también se acabará el taxi.

Y mi hijo mayor se enfada, cada vez son más los favores que debo, y no dejo de perder dinero, y me quita mucho tiempo para otras cosas; es más, no soy taxista, ni mi coche es un taxi. ¿Qué más da? a él le gusta que lo sea. Qué más da todo eso si a veces, cuando ayudo a bajarse de su taxi imaginario a esa sombra ya rota, vencida y vacía, y me mira fijamente, durante un segundo, creo ver en sus ojos el brillo del hombre fuerte y seguro que fue mi padre.

MIEDOSEXUAL

No era miedo lo que sentía, más bien era temor; Natalia le gustaba mucho, pero mucho del verbo “cásate conmigo” Ya habían salido juntos varias veces a cenar y a tomarse una copa luego. Ya habían hablado de sus antiguas parejas y de sus trabajos, y se habían reído varias veces con su manía de ponerse la servilleta metida por el cuello de la camisa cuando se sentaban en el restaurante.

– Cosas de mi madre – le decía Fran.
– ¿Haces todo lo que te dice tu madre? – Reía ella.
– No, no, sólo hasta los cuarenta y cinco.
– Pero si tienes cuarenta y cuatro…
– Pues eso… – Dejaba caer y volvían a reír.

Pero la angustia de Fran era sexual. Las dos últimas veces que había estado con una chica las cosas no habían salido bien, se le apagaba el ritmo a mitad de la faena y las palabras de comprensión y de “a todo el mundo le pasa alguna vez” no le aliviaban en absoluto. Bien es cierto que sólo le había ocurrido un par de veces, pero no quería una tercera, porque quien podía venir ahora era Natalia; la había invitado a cenar, esta vez a su casa.

– Por cierto – le dijo la última vez que quedaron – hago una ensalada César tan rica que los pollos se pelean por salir en la lechuga.
– Eso habrá que verlo – dijo ella.
– Cuando quieras, y si traes tu mejor sonrisa, te preparo un carpaccio de gambas con piñones en el que las gambas cantan a coro “Oh happy day” cuando vas a cogerlas.
– Tonto… – Dijo Natalia riéndose
– Así, como esa, perfecta.

De modo que Natalia dijo que sí, el sábado, a las nueve. En los giros de la conversación y en las miradas Fran había intuido que el postre, tal vez, sería en la cama, y eso le encantaba y le atemorizaba a la vez.

El sábado a las ocho todo estaba preparado, la César sólo a falta de mezclar la salsa y rallar el parmesano, el carpaccio descongelándose lentamente en la nevera, la mesa preparada, tres lámparas de pie dando una luz cálida, hábilmente distribuida, y… bueno, y sábanas limpias. Él se había puesto unos zapatos negros, unos pantalones negros, una camisa negra y una chaqueta gris muy oscura. “Ya sé que el negro adelgaza, pero espero no parecer el director de una funeraria” pensó.

A Fran le gustaba hablar a solas mientras hacía cosas en casa, pero no dijo ni una palabra de lo que en realidad llevaba pensando toda la tarde: estaba asustado, el recuerdo de sus últimas experiencias sexuales le pesaba como una losa y la sola idea de que pudiera volver a pasarle con Natalia, una chica a la que quería de verdad, lo martirizaba. Entonces se le ocurrió la idea, “tengo tiempo” pensó, “vamos a ello” Encendió el portátil y entró en Internet.

– A ver… Redtube… Pornohub… Brazzers… Orgasmatrix… ¡hostias, qué buen nombre, suena a Neo y Morfeo en plan pajilleros! Ésta misma – dijo bajándose los pantalones.

La idea era simple, iba a ponerse a cien, pero sin acabar, ayudado por los estímulos audiovisuales de una húngara neumática que, con una habilidad circense, metía la cabeza en las nalgas de otra chica con unos pechos que en la vida cotidiana le harían imposible caminar sin un arnés ortopédico. “Si siguen retorciéndose así entre las dos, de esa manera, van a necesitar dos enfermeros para separarlas” pensó. Y efectivamente, aparecieron dos enfermeros y se lió del todo.

Cinco veces hizo la marcha atrás, a las nueve menos cuarto apagó el ordenador, se subió los pantalones y se abrochó los botones de la bragueta con el mismo pulso y tranquilidad con el que llamarías a medianoche a las urgencias del manicomio con tu abuelo subido a la espalda.

A las nueve y diez llegó Natalia. Iba radiante, con un vestido rojo de algodón, ajustado, con la espalda al aire.

– Estás preciosa – Le dijo Fran.
– Gracias, pero si sigues con la boca abierta pensaré que te ha dado un ictus… – bromeó.

Cenaron, hablaron y bebieron vino, brindaron, celebraron la César y se rieron con el carpaccio:

– Las gambas no han cantado, ¿es que no eran frescas?- dijo ella.
– ¿Cómo que no? Por lo que me han costado era fresca hasta la pescadera, lo que ocurre es que son las típicas gambas alérgicas a los frutos secos; pero espera, ya te canto yo – dijo levantándose para coger la guitarra.

Entonces lo cogió del brazo, “No, no hace falta, ven” y lo besó. Se besaron un buen rato, después ella lo llevo al sofá y lo sentó; se quitó despacio el vestido delante de él. El conjuntito de ropa interior, rojo también, era de esos lujosos y maravillosos que hacen que a su lado unas braguitas del Women’Secret parezcan una medusa viscosa. “Voy a animarte” le dijo. Se puso de rodillas, le desabrochó la bragueta, se la sacó y empezó a acariciarla suavemente, con su cara muy cerca del pantalón. Él notó calor, mucho calor, abrió la boca para decir algo pero una oleada de placer se la cerró, le tensó las piernas, le arqueó la espalda, le apretó el culo y le nubló la vista… a Natalia apenas le dio tiempo de apartar la cara.

Zas.

Cuando abrió los ojos lo primero que acertó a ver fue el cuello de Natalia obsequiado con un particular collar de perlas; después, su delicada mano abierta con el pene encima, boqueando como un pececillo agonizante, mustio como un pajarillo muerto; por último, su mirada se cruzó con la de ella, que lo miraba como si ya no estuviera allí, como si fuera invisible… hasta que entornó los ojos y cerró la mano apretando con fuerza. Fran lanzó un aullido. Entre dientes, con una voz sacada de la espectral garganta de un espíritu asesino muy cabreado por el inesperado despertar de su sueño eterno tras una impertinente invocación Ouija, Natalia le susurró al oido: “Cariño, voy a enseñarte a avisar”

Entonces sí, entonces sintió miedo, mucho miedo.