Concierto.

Me voy de concierto, a un garito que me ha recomendado mi amigo Miles. No sé por qué le hago caso. La última vez que fui a una movida de las suyas, un tipo ataviado con unas orejas de conejo gigantes aporreaba una guitarra como si Montoro estuviera dentro, al tiempo que se retorcía en episodios paroxísticos parecidos a cuando te da un ataque de rabia. Después saltó del escenario e intento morderme.

– No le has pillado el significado, Colt.
– Miles, no se si he estado en un concierto o en un rodaje de The Walking Dead, vete a la mierda.

El caso es que me dejé convencer. Un local enfocado a la música como un nuevo medio de expresión, libre de las convenciones armónicas y de la estética dominante que esclaviza a los verdaderos creadores, eso es lo que Miles me dijo. Arte moderno. Gente en la onda, ya sabéis, manifestaciones de creatividad transversales, enfoques multidisciplinares desde la independencia del autor y todo eso, hay que estar al loro de las vanguardias.

Llego a las nueve. El barrio es de los de solera, muy famoso; aparece todas las semanas en la sección de sucesos de El Mundo. En la barra del local un tipo se me queda mirando.

– Vaya barrio, colega – le digo, para romper el hielo – ¿A quienes tenéis de vecinos? ¿A la familia Manson?
– Es un sitio tranquilo, tío – me responde.
– Sí, es muy tranquilizador ese coche que tenéis justo delante, sin ruedas y descansando sobre cuatro cajas de fruta.
– En este local no ha pasado nada en los últimos seis meses.
– Genial, pero será pura casualidad, no creo que haya venido una representación diplomática de la chusma a firmar un tratado, vamos.

El tipo levanta la cabeza con cara de pocos amigos. Cambio de tema.
– ¿Dónde es el concierto?
– Arriba.
– ¿Cuánto cuesta?
– Es gratis.
– Ah, subo entonces.
– Subir vale diez euros.
– Pero si me has dicho que es gratis.
– El concierto es gratis, lo que vale diez euros es la entrada.
– Entonces no es gratis.
– No pillas la intención.
– ¿Qué intención? Oye ¿esas pastillas que te acabas de tomar no son para la tensión, verdad?
– Gratis es un concepto relativo, tío, como el aire, como el ser, como el sexo, como el arte, y todo el arte lo es per se.

Mientras oigo la parrafada mierdofilosófica del drogado, sacó diez pavos y pago/no pago la entrada, acordándome de la madre de Miles.
– ¿Cómo se llama el grupo?
– Evacuación.
– ¿Qué???
– Evacuación – me repite en un susurro, mirándome como si me estuviera desvelando la fórmula de la coca cola – ¿Lo pillas?
– Digamos que me inquieta un poco – Le respondo mientras pienso en algo físico que prefiero no describir.
– No pillas la idea, tío.

Subo las escaleras, arriba hay poca luz, una pequeña barra a un lado y un escenario al fondo. Me pido una cerveza y me clavan otros diez pavos, aunque me insisten en que la cerveza es gratis y que no pillo el fondo del asunto. Me aparto de allí antes de que la camarera, vestida como una Heidi politoxicómana, empiece a machacarme con la mierda de la relatividad.

Habrá como unas cincuenta personas delante del escenario y decido quedarme atrás en la barra, junto a la salida. Todos lucen tan fashion y sofisticados que Andy Warhol aquí parecería el hermano cateto de Paco Martínez Soria. De modo que imaginaros lo que podría parecer yo. Una chavala con traje ajustado de látex negro y una capa de leopardo se me acerca elevada sobre unos tacones de los que se venden junto con un andamio para poder ponértelos; antes de que le diga que el sadomaso no me pone, me pregunta:
– ¿Los has visto antes?
– No, pero son enormes… jooooder…
– El grupo…
– Eh, no, y mira que les tenía ganas… – le miento.
– Son… transustanciales… – me dice, poniendo los ojos en blanco.
– Qué bien ¿Y hay punteos?
– Tienen un halo de manifestación… transcultural… – Sigue diciendo, pasando de mi pregunta.
– Vaya, lo siento ¿Todos o sólo el cantante? Una amiga mía tenía algo parecido y le mandaron paracetamol con codeína – Digo, tratando de ser amable.
– Son… trans… trans…
– ¿Transformers? – Le suelto, a ver si lo adivino.
– No pillas el concepto, chaval – Me suelta mientras se aleja.

Se ve que hoy es mi día de no pillar nada. Se apagan las luces y se hace el silencio. Un foco ilumina el escenario. Salen cuatro tipos de unos ciento cuarenta kilos cada uno, vestidos con largos impermeables amarillos. Uno de ellos coge una Les Paul, creo que va a colgársela, pero en vez de eso se la lleva a la boca y la parte por el mástil de un bocado. Otro se acerca al piano, lo agarra por lo extremos y le suelta un cabezazo descomunal, un montón de teclas salen volando por encima del público. Aplausos. “¡Transbrutal!” corea la peña. Entonces los cuatro limones del Caribe se acercan a los micros y empiezan a chillar de manera pavorosa, como si los estuvieran operando de las tripas con un sacacorchos. Se paran de golpe, y al segundo gritan todos a la vez: ¡Fueeeeeeegoooooooooooo!

Desbandada. La gente se vuelve hacía la salida y huye a toda pastilla, incluyendo los cuatro mastodontes, rompiendo todo lo que queda a su paso. A mí no me da tiempo a volverme, me pasan por encima pegando alaridos. Una mole amarilla me pisotea entero. Intento levantarme pero me quedo haciendo círculos en el suelo como los muñecos de cuerda cuando vuelcan. Bajo reptando las escaleras. Ya no queda nadie, salvo el loco de la barra. En la calle se oye jaleo y risas, lo están celebrando bien.

– Has sentido el arte, tío, lo has vivido, has formado parte de él en una perfecta comunión del caos – Me dice, arrastrando la lengua, desde el planeta Colocón.
– Evacuación…
– Es un símbolo, tío, son buenos de verdad, han transmutado con el público.
– Habrá que transjoderse…
– No pillas el vínculo creativo del arte moderno, tío.

Consigo levantarme. Llego a mi casa. Me quito los cristales rotos. Llamo a Miles.
– Hola, Colt ¿Cómo te ha ido? ¿Era bueno el grupo?
– Genial, tienes que ir a verlos, actúan de nuevo la semana que viene.
– Claro, no me los pierdo.
– Por cierto, el alcohol allí es carísimo, tío.
– Vaya…
– Sí, llévate un montón de botellitas de ginebra de esas pequeñas de cristal, como las del AVE, y te las metes bien en los huevos, que no te las vean.
– Buena idea, Colt, lo haré.
– Ah, y quédate por la barra, es donde mejor se oye.
– Genial tío ¿Te gustó entonces?
– Sí, ya verás, va a ser una experiencia transexual.
– ¿Qué?
– Nada, Miles, yo me entiendo.

Transcuelgo.

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