MIEDOSEXUAL

No era miedo lo que sentía, más bien era temor; Natalia le gustaba mucho, pero mucho del verbo “cásate conmigo” Ya habían salido juntos varias veces a cenar y a tomarse una copa luego. Ya habían hablado de sus antiguas parejas y de sus trabajos, y se habían reído varias veces con su manía de ponerse la servilleta metida por el cuello de la camisa cuando se sentaban en el restaurante.

– Cosas de mi madre – le decía Fran.
– ¿Haces todo lo que te dice tu madre? – Reía ella.
– No, no, sólo hasta los cuarenta y cinco.
– Pero si tienes cuarenta y cuatro…
– Pues eso… – Dejaba caer y volvían a reír.

Pero la angustia de Fran era sexual. Las dos últimas veces que había estado con una chica las cosas no habían salido bien, se le apagaba el ritmo a mitad de la faena y las palabras de comprensión y de “a todo el mundo le pasa alguna vez” no le aliviaban en absoluto. Bien es cierto que sólo le había ocurrido un par de veces, pero no quería una tercera, porque quien podía venir ahora era Natalia; la había invitado a cenar, esta vez a su casa.

– Por cierto – le dijo la última vez que quedaron – hago una ensalada César tan rica que los pollos se pelean por salir en la lechuga.
– Eso habrá que verlo – dijo ella.
– Cuando quieras, y si traes tu mejor sonrisa, te preparo un carpaccio de gambas con piñones en el que las gambas cantan a coro “Oh happy day” cuando vas a cogerlas.
– Tonto… – Dijo Natalia riéndose
– Así, como esa, perfecta.

De modo que Natalia dijo que sí, el sábado, a las nueve. En los giros de la conversación y en las miradas Fran había intuido que el postre, tal vez, sería en la cama, y eso le encantaba y le atemorizaba a la vez.

El sábado a las ocho todo estaba preparado, la César sólo a falta de mezclar la salsa y rallar el parmesano, el carpaccio descongelándose lentamente en la nevera, la mesa preparada, tres lámparas de pie dando una luz cálida, hábilmente distribuida, y… bueno, y sábanas limpias. Él se había puesto unos zapatos negros, unos pantalones negros, una camisa negra y una chaqueta gris muy oscura. “Ya sé que el negro adelgaza, pero espero no parecer el director de una funeraria” pensó.

A Fran le gustaba hablar a solas mientras hacía cosas en casa, pero no dijo ni una palabra de lo que en realidad llevaba pensando toda la tarde: estaba asustado, el recuerdo de sus últimas experiencias sexuales le pesaba como una losa y la sola idea de que pudiera volver a pasarle con Natalia, una chica a la que quería de verdad, lo martirizaba. Entonces se le ocurrió la idea, “tengo tiempo” pensó, “vamos a ello” Encendió el portátil y entró en Internet.

– A ver… Redtube… Pornohub… Brazzers… Orgasmatrix… ¡hostias, qué buen nombre, suena a Neo y Morfeo en plan pajilleros! Ésta misma – dijo bajándose los pantalones.

La idea era simple, iba a ponerse a cien, pero sin acabar, ayudado por los estímulos audiovisuales de una húngara neumática que, con una habilidad circense, metía la cabeza en las nalgas de otra chica con unos pechos que en la vida cotidiana le harían imposible caminar sin un arnés ortopédico. “Si siguen retorciéndose así entre las dos, de esa manera, van a necesitar dos enfermeros para separarlas” pensó. Y efectivamente, aparecieron dos enfermeros y se lió del todo.

Cinco veces hizo la marcha atrás, a las nueve menos cuarto apagó el ordenador, se subió los pantalones y se abrochó los botones de la bragueta con el mismo pulso y tranquilidad con el que llamarías a medianoche a las urgencias del manicomio con tu abuelo subido a la espalda.

A las nueve y diez llegó Natalia. Iba radiante, con un vestido rojo de algodón, ajustado, con la espalda al aire.

– Estás preciosa – Le dijo Fran.
– Gracias, pero si sigues con la boca abierta pensaré que te ha dado un ictus… – bromeó.

Cenaron, hablaron y bebieron vino, brindaron, celebraron la César y se rieron con el carpaccio:

– Las gambas no han cantado, ¿es que no eran frescas?- dijo ella.
– ¿Cómo que no? Por lo que me han costado era fresca hasta la pescadera, lo que ocurre es que son las típicas gambas alérgicas a los frutos secos; pero espera, ya te canto yo – dijo levantándose para coger la guitarra.

Entonces lo cogió del brazo, “No, no hace falta, ven” y lo besó. Se besaron un buen rato, después ella lo llevo al sofá y lo sentó; se quitó despacio el vestido delante de él. El conjuntito de ropa interior, rojo también, era de esos lujosos y maravillosos que hacen que a su lado unas braguitas del Women’Secret parezcan una medusa viscosa. “Voy a animarte” le dijo. Se puso de rodillas, le desabrochó la bragueta, se la sacó y empezó a acariciarla suavemente, con su cara muy cerca del pantalón. Él notó calor, mucho calor, abrió la boca para decir algo pero una oleada de placer se la cerró, le tensó las piernas, le arqueó la espalda, le apretó el culo y le nubló la vista… a Natalia apenas le dio tiempo de apartar la cara.

Zas.

Cuando abrió los ojos lo primero que acertó a ver fue el cuello de Natalia obsequiado con un particular collar de perlas; después, su delicada mano abierta con el pene encima, boqueando como un pececillo agonizante, mustio como un pajarillo muerto; por último, su mirada se cruzó con la de ella, que lo miraba como si ya no estuviera allí, como si fuera invisible… hasta que entornó los ojos y cerró la mano apretando con fuerza. Fran lanzó un aullido. Entre dientes, con una voz sacada de la espectral garganta de un espíritu asesino muy cabreado por el inesperado despertar de su sueño eterno tras una impertinente invocación Ouija, Natalia le susurró al oido: “Cariño, voy a enseñarte a avisar”

Entonces sí, entonces sintió miedo, mucho miedo.

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